Las cuentas que nunca convencen

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la de la presentación de los presupuestos –autonómicos o estatales, lo mismo da– es una de esas ocasiones que une a los grupos políticos de distintas sensibilidades en una misma idea: son insuficientes. El análisis de cuantos se ponen delante de los micrófonos, gesto serio y discurso airado, es que los proyectos de la ciudad que cuentan con partidas deberían estar mejor dotados y los que no contemplan las cuentas son olvidos imperdonables. Si aumenta la inversión en A es porque se está descuidando B y no nos olvidemos de que C era una cuestión fundamental. Nadie está contento. Excepto, claro está, de aquellos que los elaboran y los defienden como el plan económico más justo, equilibrado, generoso e impulsor de grandes obras que se puede encontrar. El eco de la Administración a nivel local se encarga de reforzar el mensaje y suele destacar los millones de inversión que habrá en el municipio. Es entonces cuando las cuentas no cuadran. Porque hay partidas genéricas que se suman al discurso a conveniencia y programas sin apenas esbozar, y en consecuencia sin fondos asignados, cuya presencia en los presupuestos es difusa. Y así, lo que para unos es ochenta para otros es sesenta y cinco.

Descargar el documento con las cuentas es para los partidos de la oposición como el momento de abrir los regalos sabiendo que la carta a los Reyes Magos se ha perdido por el camino. Recibirán algo, y puede que incluso sea bueno, pero no lo que querían. Año tras año llega la decepción, que, no obstante, a corto plazo resulta muy útil como dardo político. “La Administración nos olvida, no nos cuida, no se ocupa de lo importante…”. Al final todo vale cuando se trata de arañar votos. Y ya se sabe que es más sencillo tirar por tierra el trabajo ajeno que presentar ideas propias. Y, en según qué foros, vende más.

Las cuentas que nunca convencen