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SAXON GRANT (I)

Lo recuerdo moviendo lentamente su cansancio alto, esperando en una esquina, con una languidez amenazadora, la llegada de un incidente -o accidente- poético. Él tenía recuerdos poco amables de una infancia en Caballito -kilómetro cero de la gran urbe porteña- y deseos de afianzar un linaje escocés más acorde con el mito. Un día, el poeta se dejó crecer la barba y el cabello, y así llegó a deambular por una ciudad atlántica en furia de viento y soledad, con el murmullo interior de las conversaciones con los “hermanos en las tinieblas” –así los llamaría él– y de las musas perdidas.
En noches coruñesas, en las que yo cantaba tangos junto a la guitarra felina de Carlos “milonguero” Liñares y al violín de “dedos de seda”, el poeta recordaría su renuencia al tango y a la tierra que había hecho posible la barbarie de los desaparecidos, al tiempo que por lo bajo murmuraría cada “gotan” y sentiría con la cercanía de un ayer que era siempre ahora, el fuelle de la tristeza de Malena. Después, lejos de los suburbios y de la ciudad rioplatense, también lloraría el desbarrancamiento de aquel soñador alazán por la garganta de la muerte. ¡Cómo fue que no lo viste! ¿Qué estrella andabas buscando? Pero aún quedaba el tercer acto, el del milagro. Por el umbral, como en toda coronación, entraría ella, rayo juguetón y a la vez severo, “Luz nuestra de cada día” la apodaría el poeta, ahíto de júbilo, mientras se mesaba la barba y se revolcaba en la silla al verla bailar con el cantor un penúltimo tango de tres minutos y tres metros cuadrados de pista. Me gusta pensar que después era más llevadero el sendero solitario hacia la madrugada y la húmeda buhardillada de la calle Orzán, cuando la vieja ciudad de faro romano y sueño fenicio hubiese vuelto a su bostezo cotidiano.
Quizás por eso también Coruña mereciese un “A Coruña de la triste gente”, como la tuvo Buenos Aires en el año 87, cuando un poeta, a la sazón de cuarenta y dos años, firmaba con el nombre de Jorge Grant su amarga bofetada al rostro de aquella ciudad de “fregado en los colectivos” y de ojos irritados en los niños vendedores de rosas. Yo, que hace dos años y medio también me tuve que ir, de otro lugar y por dictaduras distintas, comprendo las palabras del poeta: “yo no tengo autoridad ni derecho para hablar de patria porque soy un apátrida, uno que va por la vereda donde no da nunca el sol y ahora que me voy, un mal argentino”. Y, sin embargo, ¡qué inconfesable nostalgia se escucha palpitar tras esa aparentemente tranquila apelación de apátrida! Dentro llevamos el cadáver, luego el fantasma de nostros mismos. Y el fantasma nos acosa, nos asedia, nos recuerda...
Y la nostalgia palpita, porque está viva. Y “como palpitaciones vienen los trenes sobre las vías muertas”, dirá el poeta Grant, quieto como una estatua en la estación, mirando el deambular de la lluvia de la que “nadie escucha su elocuencia”. Muchos años después, quieto en una esquina, ardiendo en una languidez impaciente, en una espera que quisiera ser esperanza del accidente poético, el poeta sentirá la ciudad atlántica como un exilio forzado: ¿cómo he llegado hasta aquí?  Entonces, tal vez habrá recordado las palabras poéticas del hijo de los panaderos de Barcelona, muerto en 2006: “si digo que estaba escrito, podré sobrellevar el peso insoportable de lo injusto”. Palabras improbables hechas posibles solo por la imaginación del poeta, tal y como había anunciado el poeta y amigo Carlos Rivarola, asesinado por la pesadilla militar argentina: “Sólo la imaginación sabe hasta qué profundidad estamos enfermos. Curarse sería asesinar lo que todavía existe. No esperando, salvados del triste oficio cómpliceAC, nuestras manos de fuego carbonizarán el nudo que nos asfixia, la soga con que la realidad nos sujeta a su horroroso destino cotidiano. Imaginar es romper el espejo que copia nuestros gestos, cortar los vínculos que una voluntad superior establece haciendo de lo superior una trivialidad del espíritu estupidez sin atenuantes de todas las dominaciones sentidas.”
Él, que por suerte, no desapareció, aún camina con su cansancio alto, con esa languidez que espera, con un verso que amenaza con su algo de tristeza, sus musas derramadas y sus amigos en las tinieblas, con los que aún conversa para vencer las injustas desapariciones.
Él, el del tango entre dientes y el baile de  Luz tras el umbral. Saxon Grant...

 

SAXON GRANT (I)

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