El juego de dos

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La intención del Partido Popular de modificar la normativa electoral en el ámbito municipal con el fin de que el alcalde pertenezca a la lista más votada –siempre y cuando supere el 40%– puede ser entendida indudablemente como un intento de garantizar la continuidad del bipartidismo. En cualquier caso, tal propuesta no habría tenido cabida si circunstancias como la irrupción de Podemos no hubiese perturbado, por primera vez desde el retorno a la democracia, el mapa político habitual de este país. Pero también es cierto que el contexto democrático español está muy lejos del que define a otros países europeos, en los que las políticas de cohabitación son factibles gracias a un entendimiento de la participación política que no se da, o no se percibe, en nuestro caso. No es, en definitiva, la búsqueda de evitar gobiernos negociados en despachos lo que se pretende, porque estos –a la vista está– tienen, salvo significativas excepciones, corto recorrido o, cuando menos, las suficientes divergencias como para abrigar la sensación de que más bien son dos o más partidos los que ejercen el poder y no un único gobierno el que rige. Ejemplo más evidente no lo puede haber que el del, siempre recurrente, bipartito PSOE-BNG de la Xunta. O, en el plano sobre el que ahora se tercia hablar, el municipal de PSOE y EU en Ferrol, de tan efímera como inconsistente trayectoria.
No les preocupa ni a conservadores ni a socialistas dicho extremo, sino más bien la pérdida de un reparto de poder basado, como a finales del siglo XIX y principios del XX, en la alternancia, sabedores de que el desgaste del contrario juega siempre más a favor del ganador que la propia propuesta política de este. Un extremo común a la sociedad de este país es también el hecho de que asumir esta máxima es la vía menos traumática de entender la política, aunque no el verdadero juego democrático. Por volver de nuevo a los ejemplos, nadie asumiría como viable el gobierno de concentración que muchas voces defendían ante la virulencia de una crisis no solo económica sino, sobre todo, social, que es la que, en resumen, ha alimentado la aparición de frentes como el de Podemos o las mareas que ahora proliferan en Galicia de cara a los próximos comicios locales. De ahí que lo que alimenta básica y esencialmente la fraseología y el mensaje de las dos grandes formaciones sea plantear al electorado el caos frente a la estabilidad o, en términos menos lacerantes, la experiencia de gobierno frente al desconocimiento y la improvisación. Más grave si cabe es el hecho de que la Constitución española consagre la libertad de opinión y de voto pero que, a un tiempo, la limite mediante una ley electoral progresiva, que otorga representantes de forma inversamente proporcional al número de votos. Cuestión, por otro lado, intocable, no porque no pueda acometerse sino por lo que, de hacerlo, supondría para este juego en el que se insiste en que solo participen dos, a lo sumo acompasados por un nacionalismo trasnochado y excluyente.

El juego de dos