GRITOS Y ALMAS

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Gritan los sindicatos en las calles. Gritan los parados en la soledad de su infinito desaliento. Gritan su dolor sin hogar los embargados. Gritan los que tienen razones para ello y gritan también los que se las dan. Grita el Gobierno pregonando nuestro calvario de viernes de dolor. Gritan las fachadas caladas hasta los cimientos. Y los ríos que bajan turbios y turbulentos. Grita ronca la carne en todo y nada se conmueve, pese a que pareciera por la intensidad del bramido que nos faltase la vida.
Será quizá porque lo que nos falta es dinero y no tan esencial aliento. Quién lo diría en hombres dotados de ciencia y conciencia, pero es así, la falta que nos aqueja no es existencial sino asistencial, porque de esa voluble naturaleza es la moneda. El tanto tienes tanto vales preside hoy la escala de valores, no solo respecto a como te estimen los demás sino a como lo hacemos nosotros mismos al asumir que valemos en función de lo que poseemos.
De lo dicho se deduce lo inútil del alma y su “almario” de vagos silencios. Duele pensarlo, pero es así, y como lo es, es por lo que gritamos desalmados, y en ese instante aparece en la planicie fiduciaria “El grito” de Munch, siempre universal y siempre desgarrado en la denuncia de  una naturaleza transfigurada, la nuestra, y se lleva la bonita cifra de 91 millones de euros. Y es entonces cuando alcanzamos a atisbar que quizá la solución este en los silenciosos gritos del alma.

GRITOS Y ALMAS