GARZÓN, UN MAL JUEZ

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En la Justicia, como en el deporte, hay ocasiones en las que el marcador no refleja la realidad del juego desarrollado por las partes. Lo digo porque haciendo balance de las tres causas abiertas contra Baltasar Garzón podría parecer a simple vista que el más estrella de todos los jueces no ha salido del todo malparado: una condena, un archivo y una absolución. O si se prefiere: que podría haber sido mucho peor, a pesar de que una de las sentencias –en espera de los recursos de turno- lo ha apartado de la carrera judicial casi de por vida.

Tanto en la sentencia condenatoria como en los otros dos procedimientos,
el ya exmagistrado ha sido profesionalmente desautorizado

De todas formas, en todas y cada una de las sentencias ha sido profesionalmente desautorizado. En la primera de ellas se le ha condenado por haber quebrantado en prisión el secreto de las comunicaciones entre los enjuiciados y sus abogados, por haberlo aprovechado en la investigación y por haber violado, en consecuencia, el sacrosanto derecho de defensa. Por algo, en definitiva, terminantemente prohibido en todas las legislaciones del mundo civilizado.

En la segunda, el que le haya salvado la campana de la prescripción de un delito de cohecho no ha evitado la exposición pública de sus vergüenzas. En esta ocasión, el auto judicial volvió a retratar al magistrado prevaricador como un juez de prácticas chapuceras e ilegales que, aprovechando su condición de juez en activo, no duda en pedir dinero para el patrocinio de sus conferencias en Nueva York y en no abstenerse después del conocimiento de una querella contra uno de sus benefactores.

En el veredicto más reciente –la investigación de uno de los bandos de la guerra civil; del franquismo- el tribunal concluyó que el señor Garzón no prevaricó, aunque su actuación en el caso fue un cúmulo de pifias procesales a lo largo de toda la instrucción; un monumento a la mala praxis profesional, que si no le condena le descalifica.

Contemplar al juez Garzón sentado por tres veces en el banquillo y verlo salir tan malparado ha irritado a quienes consideran que la aplicación de la ley depende de la ideología del justiciable. Podríamos disculparlos. Están en eso desde hace tiempo: en ver todo a través de sus particulares lentes ideológicas para así sentirse satisfechos o insatisfechos con las sentencias y autos de los Tribunales.

Pero lo que ya no es tan de recibo es la reacción del propio magistrado ante la condena por prevaricación. Desolado, dijo que el Supremo había abierto así “un espacio de impunidad” para los corruptos. Como si la búsqueda de la verdad justificara saltarse a la torera el propio Derecho. No sé, por tanto, si después de tantos años de profesión, el por ahora exjuez Garzón era consciente del oficio que traía entre manos. O si en realidad padecía el síndrome de la impunidad.

GARZÓN, UN MAL JUEZ