Una película de Berlanga

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comienza la retransmisión con los agradecidos al franquismo tomando posiciones a las puertas del Valle de los Caídos y del cementerio de Mingorrubio. Banderas de España y águilas de San Juan para crear ambiente. Las expectativas son altas; se espera una buena función. La banda sonora es el “Cara al sol” que los más jóvenes han aprendido en vídeos de internet. Quedan por delante horas de espera en las que los pocos que los vivieron recuerdan tiempos mejores recurriendo a los lugares comunes más socorridos, había trabajo y los niños podían jugar sin miedo en la calle. 
Y cuando parece que decae el interés, un golpe de efecto: aparece Antonio Tejero. De aspecto débil, prácticamente en volandas en brazos de sus acólitos. Pero su sola presencia reaviva la exaltación de la figura del dictador. Así se llega al clímax: el ataúd sale de la basílica a hombros de varios familiares. Secuencia sin cortes desde que asoma por la puerta hasta que entra en el coche fúnebre. “¡Viva Franco, viva España!”, proclaman a una sola voz. Este punto se lo anotan ellos. 
Poco después, la imagen de la imponente cruz del Valle y el helicóptero tomando altura para sacar de allí los restos. Game over. En pantalla partida, la aeronave aterriza en un campo de tiro próximo a Mingorrubio mientras un grupo de radicales, con formas más propias de un estadio de fútbol que de un camposanto, gritan el nombre del dictador como si de un ídolo del balón se tratase y le dedican al presidente del Gobierno los mismos insultos que se reservan al eterno rival. Las dos Españas que tanto se ha empeñado en resucitar la política al percatarse de que detrás había un puñado de votos. El estallido de los fanáticos se repite, breve, cuando llega el cortejo fúnebre. Los coches se adentran en el cementerio. Y fin. Cinco horas de espectáculo en directo para dar cumplimiento a una ley.

Una película de Berlanga