ESPERANZA Y PROVIDENCIA

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Días pasados, el portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, Alfonso Alonso, acuñó una de esas frases que, si no llegan a formar parte de la Historia no será por carencia de contenido sino por el mensaje final, que es lo que, al fin y cabo, trasciende sobre todo lo demás. Venía a decir Alonso algo así –permitan que un periodista no pueda aportar más datos– como que lo que está por venir, o lo que ya se encuentra en fase de desarrollo si nos apuramos, lo que requiere, básica y esencialmente, es “esperanza” por parte de los ciudadanos.

Puestos a pedir, ya solo nos falta que recurramos a la Providencia, que es tanto como decir que Dios proveerá, teniendo en cuenta lo que tenemos encima. Si hay algo que no se le puede achacar a este Gobierno, más que un poco –se quiera o no– confuso, es su clara determinación, por lo que parece más que resoluta, a la hora de tomar decisiones. Solo que, puestos en la tesitura de asumir que no hay vuelta atrás, que lo que se contempla es la necesidad de cumplir el objetivo del déficit y que este, se mire por donde se mire, en donde recae es más en el tajo del verdugo que el propio mandoble, lo último que nos faltaba es que un dirigente del partido en el Gobierno pida algo más que la simple paciencia y recurra a la esperanza.

Vamos, como en los mejores –o peores– tiempos del pasado siglo. No se sabe muy bien si también es de recibo, u oportuno, aquello otro de “a Dios rogando y con el mazo dando”, lo que debe de equivaler, en el mejor de los casos, a lo de, ya en vernáculo –que dirían algunos–, que “nunca choveu que non escampara”. Refranero, por lo que se evidencia, no falta. Tan nuestro es que no hay sentencia que no encuentre comparación, incluso bíblica –“vacas gordas” y “vacas flacas”, ¿recuerdan?– como aquello otro de “comulgar con ruedas de molino”. Lo de la Providencia tiene, sin embargo, más enjundia, porque suena más a algo así como “aquí nos las den todas” que a una simple petición de esperanza, que a lo que conduce es no se sabe muy bien si a “tirar la piedra y esconder la mano” o a lo más poético de “tanto fue el cántaro a la fuente, que...”.

Lo que se deduce es que esto de las encrucijadas, de no saber a qué conducen determinadas actuaciones y, sobre todo, qué resultados tendrán, suena muy próximo a eso otro de que “todos los caminos conducen a Roma”, que no es otra cosa que decir que “el tiempo todo lo arregla”.

Quedémonos pues con la esperanza, que es lo último que se pierde, superada ya la paciencia correspondiente a tanto ajuste, a tanto recorte, a tanta Merkel y, por lo que parece, a tan perecedero Sarkosy, y aboguemos por lo más necesario y urgente en la confianza de que, superadas las entelequias y, sobre todo, los tiempos que nos han tocado, nos quede aquello otro, también tan nuestro, de la resignación, o lo que es lo mismo –ya lo decía–: que “aquí nos las den todas”.

 

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