Aquel regalo de Reyes

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era la noche de Reyes y ese día, toda la familia cenaba junta. Sonia después de preparar la mesa, se sentó a recordar lo que había ocurrido hacía ya veinte años. 
¡Veinte años ya!, entonces, apenas contaba cuarenta años, el aspecto era bueno... pero estaba harta de vivir sin sus hijos. Recién casados, se fueron a Alemania, con los títulos académicos respectivos, que apenas servían para comer. Los niños nacieron en España y quedaron al cuidado de los abuelos y tíos abuelos. Ella regresaba en las Navidades, él se sumaba antes de Reyes. Los dos sufrían cuando llegaban a Galicia, sus hijos casi no los conocían y se negaban a besarlos. Sonia decidió que no regresaría sin los niños y que dada la situación en Alemania, lo mejor era quedarse en España. 
Esa idea no la compartía, ni su marido, que siempre se expresaba con un montón de dudas. Sólo parecía entenderla, su tía abuela, una mujer progresista a pesar de su edad avanzada, pensó que ella podía ser su puntal o la columna a la que agarrarse en caso de fracaso, le envalentonó saber que no estaba sola. Su tía había ido a recogerla a la estación, de camino a casa, se acercaban al lago, el paisaje era un cuadro inimaginable, algo irreal, el reflejo de la luz en el agua, la temperatura de otoño, el silencio, el sol se ponía acariciando los colores del campo, fijó los ojos en la laguna ... Le pidió a su tía que la acercara a la orilla, salió del coche. Estuvo andando una hora. Primero a la derecha, después a la izquierda. Cuando regresó traía en la mirada una ilusión, un proyecto. ¿qué le había pasado? ¿qué me quería decir?. La miró con una sonrisa corta, pero firme, segura, después explicó “Si alguien me presta ?0.000 euros comenzaré un proyecto para los cuatro, aquí podemos ser felices”. Eso está resuelto, le espetó su tía política.
Así comenzó, con unas manos finas y fuertes. Ser ingeniera agrícola, le aportaba la finura de las manos, tener que trabajar en cualquier oportunidad, hizo que creciesen y se endurecieran. Aquel año consiguió el permiso para montar un pequeño chiringuito en la margen sur del lago que carecía de todo, silbando recorrió, cada día, tres kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, primero en una bicicleta, después en una moto con sidecar y/o remolque. Su jornada era más que completa, o trabajaba con las manos o lo hacía con la cabeza; se comentaba que contagiaban la alegría a los clientes. Las iniciativas eran de ella, pero por el camino iban los dos. Ese mismo año les permitieron montar, dos kilómetros al oeste, un mirador para aves. Pronto se imaginó un pequeño catamarán para recorrer el lago, sólo tardó dos años en que surcar el agua tranquila, o rizada, si era invierno. Sí, se dedicó a su proyecto todo el año. El chiringuito se afianzó y amplió. Buenas vistas, buenas comidas, preciosos paseos, e incluso, en diez años, se podía hacer “pesca sin muerte”. 
Se sembraron carpas comestibles como habían hecho años atrás los israelíes en el lago Tiberíades; se protegieron las truchas autóctonas de diversas clases. En tierra plantó parras de sabrosas uvas rojas. 
Le engrandeció la llegada de turistas. Hizo sus campañas por internet, y llegó a atraer parejas recién jubiladas que disponían de tiempo y algunos ahorrillos. Especialmente procedían de ciudades grandes que anhelaban tranquilidad y “buena vida”, aunque esa buena vida se redujese a la limpieza del aire, el olor a fresco y sano, y a la comida nutritiva, gustosa. Le conocían lejos de Galicia y su hotel, sí su hotel, de sólo 30 habitaciones, estaba lleno todo el año, incluso había que solicitar con antelación la estancia.
Fue el año doce de su proyecto cuando le dieron permiso para erigir el hotel que podría explotar por setenta años, ya que el suelo no se podía convertir en privado. No les importó no tener propiedad privada, sus hijos quizá tuviesen otros anhelos, cerca o lejos. El hotel fue un éxito porque lo idearon como continuidad de su domicilio, una casa de bajo y piso, con jardines alrededor, cenador cubierto, y zonas infantiles.
El hotel estaba unido a la casita por un pequeño paseo, marcados sus márgenes con plantas aromáticas: romero, tomillo (muy difícil de mantener), lavanda, orégano, perejil, menta, albahaca y algo más que no recuerdan. El hotel estaba en el centro de la parcela, rodeado por jardines variados: rosas, camelias, y un tercero de flores de temporada, así que allí había siempre una flor para regalar.
A la pareja y prole se le veía feliz, aquel trabajo les entusiasmaba a ellos y a sus casi veinte empleados contratados para diversos chollos, para mantener todo el tinglado. El catamarán llevaba motor de baterías recargables para no contaminar. Los puestos de pesca se habían ampliado a seis de “no muerte” y dos, de pesca de trucha y carpa … Sonia se levantó de repente abandonando los recuerdos.
Yo, ayer fui a ver la laguna de As Pontes y comprobé que el regalo de Reyes, fue un sueño. Pero señoras y señores un sueño que se puede hacer realidad, sin grandes compañías inversoras y sin millones de euros para comenzar. Hay algo imprescindible: tener pocos años, un proyecto que te ilusione y suerte. 
 

Aquel regalo de Reyes