Máscaras políticas

|

En mi adolescencia el Carnaval era una época en la que los que hacíamos bachillerato no íbamos a clase y teníamos un cantar muy enraizado en el pueblo que decía: “Martes de Carnaval, copadera general, y Miércoles de Ceniza te espera una gran paliza”. El término coloquial “copadera” quería decir que no íbamos al colegio, que nos tomábamos la tarde libre para rendir pleitesía a don Carnal. Fueron épocas en las que los carnavales no eran jornadas de asueto educativo y las personas que salían a la calle disfrazadas –sobre todo los que iban vestidos de mujeres– eran perseguidos por los guardianes del orden, los defensores del recato, mal entendido y las buenas maneras.

Así mismo llevar la cara cubierta con una careta o similar eran también un tema complicado para circular por las calles donde la alegría se mezclaba con el desenfreno en la sana y festiva adoración al dios carnal. Las caras tapadas y los disfraces del signo que fueran eran permitidos en las sociedades privadas donde se celebraban bailes carnavalescos hasta muy entrada la madrugada.

Ahora que entramos en las jornadas del desenfreno carnavalesco muchos políticos se aprestan sin el más mínimo rubor a quitarse la careta para dejar entrever sus rasgos facianos y que los líderes de los partidos les vean en plenitud para intentar conseguir un puesto de salida en las próximas listas electorales. Es la campaña de máscaras caídas, de quedarse sin esa careta que han llevado puesta durante años, para ahora decir que la fuerza que les dio cobijo, un estatus especial y más dinero que si trabajasen en un honrado puesto en la calle que muchos de ellos ni tenían, no cumple sus expectativas, no les satisface en su pensamiento político y buscan otro lugar en el mundo político.

Los primeros destapes de caretas ya se han dado en los últimos días. Un militante del Bloque de toda la vida, con una trayectoria más que reivindicativa callejera, ahora se pasa con armas y bagajes a Vox; algunos socialistas buscan un hueco en las filas del Partido Popular, y populares quieren que se les dé cabida en el partido anaranjado. Es la eterna canción de que el servicio público a través de la política, los idearios, los programas, quedan en un segundo plano. Lo importante es tirar cuatro años más del presupuesto para tener una vida cómoda y ganar más dinero que trabajando ocho horas diarias. Es la caída de las caretas de los carotas, que son mayoría, que son legión, y nos seguirán mostrando el mismo rostro de cartón piedra.

Máscaras políticas