Ladrones de sueños

|

Alfred Adler –psicólogo y psiquiatra austríaco– decía que una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa. Tal afirmación es perfectamente aplicable a las castas políticas actuales, puesto que, salvo que sea por error, casi nunca nos dicen la verdad. 
Las sociedades siempre están moviéndose, por tanto, se generan en ellas cambios permanentes. Pero a veces hay cambios que no son positivos, que producen auténticos desastres. Un viejo adagio chino dice que cuando se siembran vientos se recogen tempestades. Y los que están en lo alto de la pirámide –las élites– están sembrando demasiados vientos. 
No les interesa construir entornos más justos y equitativos, más humanos. No. Sólo están por aumentar su poder económico, vivir en sus burbujas (mansiones) de lujo, y seguir jugando con el sustento de millones de personas en el gran casino global. Paralelamente, utilizan sus poderosos medios para impulsar el “darwinismo social”.  
Un grupo de economistas –algunos de ellos mercenarios a sueldo de los poderes financieros– dice que la economía es una ciencia independiente de la política. Que es aséptica y que no tiene que ver con ningún ideario. Aunque sus conciencias saben que es   una gran mentira, una mentira descomunal. 
Lo peor es que, de tanto repetirla en los cenáculos televisivos, se está convirtiendo en una verdad incuestionable. La economía –como la psicología– no es precisamente una ciencia pura, por tanto, está sujeta a los cambios sociológicos y culturales que van apareciendo o creándose en las sociedades. Existen diferentes escuelas económicas, algunas con visiones incluso antagónicas. Así que, ese grupo de “expertos”, que aparecen constantemente en los medios, quieren hacernos creer (¡como un acto de fe!) que lo que ellos dicen va a misa. Casualidad o no, pero sus puntos de vista siempre coinciden con el neoliberalismo económico.
Los que ostentan el poder casi nunca dicen la verdad, su cinismo no tiene límites. Utilizan toda clase de eufemismos posibles. Les dicen a los jóvenes –a los que tienen trabajo, claro– que acepten las cosas sin rechistar. Que aunque los salarios sean modestos –la palabra exacta sería “miserables”– tienen que estar contentos y agradecidos por tener una “ocupación”. El mensaje es claro: la vida de pobre no es tan mala. Les dicen (¡nos dicen a todos!) que tienen que ser realistas, que el sistema está “arruinado” y que las generaciones anteriores han sido las grandes culpables. Además, que no sueñen con cambiar la sociedad por la vía revolucionaria, que esas cosas ya no son posibles en el “edén” europeo.
A la juventud  no se le permite soñar con el futuro, ni siquiera con un presente sostenible.  Unos años atrás –no tantos por cierto– los jóvenes soñaban con cambiar el mundo, creían que otra sociedad era posible; rechazaban statu quo del poder dominante. Además, se rebelaban contra la mentira, la doble moral y, en general, contra la hipocresía social y familiar. Hoy ese espíritu de rebeldía no existe, ha muerto, al menos de momento. Los jóvenes aceptan su “destino” como una fatalidad, como algo natural, como si ese destino no estuviera elaborado y programado por los hombres. No piensan que es algo calculado y moldeado por los oligarcas que ostentan el poder financiero.
Las oligarquías financieras son como un gran huracán, que lo aniquila todo a su paso. Pequeñas y medianas empresas, países enteros, comunidades y familias, nada se resiste a su paso. Todo queda destruido. Su fuerza es demoledora. Es un poder que destruye hasta los sueños. Se adueñan de ellos sin pedir permiso, ilegalmente, para después destruirlos.
Quizá todo empezó en Berlín, en aquel noviembre de 1989, con la caída del Muro y toda la utopía socialista. Al desaparecer el “enemigo”, los poderes financieros se adueñaron del nuevo escenario, acelerando la globalización y alimentando la futura crisis económica. Quizá son esos mismos poderes los que ahora impulsan el “nuevo modelo” de sociedad.  Un modelo parecido al que funciona en el desierto del Kalahari: en el sólo sobreviven los más fuertes.

 

Ladrones de sueños