El Rey e Iglesias, en Bolivia

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Ojo al dato porque el Rey de España y su principal objetor, el líder de Podemos, Iglesias Turrión, acaban de viajar juntos a la república plurinacional de Bolivia, donde ha vuelto a imponerse por vía democrática el ideal bolivariano de Evo Morales. Un subidón para el vicepresidente del Gobierno. Y una ocasión de mejorar relaciones con el Rey. O empeorarlas.

El viaje es obligado en el caso del jefe del Estado, si así lo decide Moncloa. En el de Iglesias era opcional. Por exigencia de la Constitución, que exime de responsabilidad política al Rey e impone el respaldo del Ejecutivo a los actos del monarca. Así que, si uno de los dos pudo negarse a viajar en compañía del otro, nunca podría haber sido Felipe VI. De ahí deriva su indefensión constitucionalizada ante el despliegue argumental de Iglesias en un eventual cara a cara durante la larga travesía transoceánica a bordo de un avión de las Fuerzas Aéreas.

Es fácil caer en la tentación de fantasear con ello cuando se complica cada vez más el horizonte judicial de don Juan Carlos, el padre del Rey. Y cuando son públicos y notorios los esfuerzos de Iglesias por hacerse visible con sus diatribas republicanas. En esas circunstancias, a Pedro Sánchez le vendría de perlas tenerle entretenido con sus salmos antimonárquicos, o buscando su acercamiento a Zarzuela. Y así se entendería la decisión de enviarle a la toma de posesión del nuevo presidente de Bolivia, Luis Arce, acompañando al Rey.

Es evidente que Moncloa busca la foto de Iglesias y Felipe VI como prueba de un hipotético acercamiento de posiciones. Solo la foto. Un vis a vis para mejorar las relaciones entre ambos no calza en el aquí y ahora de la política nacional. Además, tampoco se presta el reducido espacio de un avión superpoblado por los equipos de Zarzuela, el vicepresidente y de la ministra de Asuntos Exteriores, González Laya, que también viaja.

Por tanto, no es ni de lejos previsible que uno de los dos resulte afectado por el síndrome de Estocolmo. Iglesias está eufórico con el retorno de los bolivarianos al poder. Y en cuanto a Felipe VI, perdería la neutralidad si pidiese a un caracterizado líder republicano que cambie de bando. Hay un precedente. Iglesias ya le acusó de haberla perdido cuando aquel excusó su ausencia en un reciente acto judicial.

Bastaría que estos reñidos compañeros de viaje se pusieran de acuerdo en la doctrina Moncloa sobre la Monarquía Parlamentaria como componente del pacto constitucional de 1978 que alumbró el vigente sistema democrático. Dicho de otro modo: desprestigiar a la Monarquía es desprestigiar a la democracia española. Y ese viaje sí que deben hacerlo juntos, por la cuenta que les trae a los dos.  

El Rey e Iglesias, en Bolivia