Adiós a la jungla de Calais

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A los pies de la autopista que conduce a la entrada del Eurotúnel, la frontera entre Francia y Reino Unido, entre chabolas, toneladas de basura y ratas, han vivido hasta esta semana cerca de ocho mil refugiados, de ellos unos trescientos menores no acompañados.
En días como éstos, sin razón aparente que lo motive, tiro de histórico, recapacito, pienso... y me acuerdo de los días que pasé colaborando  en la Jungla, cruelmente llamada así porque los seres humanos  viven allí como animales. Un ambiente envenenado a tan sólo dos horas del corazón de la UE y con un férreo control policial.
Refugiados de Eritrea, Afganistán, Irak, Siria, Libia, Sudán y otros países, escapando de regímenes dictatoriales y de guerras, intentaban noche tras noche cruzar vallas, saltar concertinas, muros y túneles para llegar a Reino Unido, a unos 40 km de distancia. 
Un 90 por ciento de los voluntarios eran ingleses y alemanes, y nuestro trabajo se desarrollaba en caravanas médicas donadas por Reino Unido, las cuales han sido quemadas esta semana por las hordas de policías que, como si de centuriones romanos se tratasen, han desalojado el campo. 
Igual de duro fue el trabajo alli, como regresar por la noche a Calais y Dunkerke y sentir el odio fuera del campo. Nos negaron el acceso al bus, al hotel e incluso nos amenazaron con destrozos en el coche por cooperar en la Jungla. “Overwhelmed” fue un término que allí aprendí y no cesaban de repetir los colaboradores: sobrepasado, abrumado.
Es difícil explicarlo, pero nadie vuelve de allí indiferente.  Las palabras hay que atravesarlas, borrarlas, lanzarlas, usarlas. Ni nos pertenecen ni son en rigor nuestras. Las usamos y nos usan. Pero no encuentro las apropiadas para describir la hospitalidad que sentí alli dentro, esa libertad anárquica que allí reinaba, y a la vez el dolor y la desesperación de esa gente. No han visto otra vida que no sea la guerra y la violencia. 
Desde el comienzo de la crisis el cuidado de los menores no acompañados resultó un problema para los países europeos. En la isla de Kos, ante la falta de infraestructuras, metieron a niños y adolescentes en un calabozo policial junto a criminales adultos. Acnur tuvo que mediar para enviarlos a centros de menores en Atenas, a la espera de que algún familiar los reclamase. Pero muchos de ellos eran huérfanos y resultaron ser el eslabón más vulnerable, su desprotección les hacía más proclives a caer en redes de prostitución o tráfico de niños y órganos.
Cuatro menores no acompañados de una misma familia procedentes de Idomeni desaparecieron al entrar en la Jungla el sábado que yo estaba allí, muy probablemente a manos de estas mafias.  No habría suficientes hojas para narrar otros dramas como el de Ammar, un niño de once años que vivía solo en este campo, y cuya familia entera murió tras un  atentado a una mezquita, o el de Hala, una cría de seis años cuyo padre fue degollado en Siria y su madre murió tratando de llegar a Europa.  Historias imposibles de contar sin que a uno se le revuelvan las entrañas. Si crees que has visto el horror, en Calais había un escalón más bajo.
Ésta es la verdadera crisis. Nuestros gobiernos gastan enormes cantidades de dinero militarizando y protegiendo las fronteras donde ellos pierden la vida, alentando la desconfianza y el odio, una xenofobia consentida.
Serán tratados como animales que deben ser contenidos y olvidados, continuarán levantando muros para alejar esa miseria, pero en algún momento y en algún lugar los muros caerán. Con Eurotúnel o sin él, seguirán tratando de cruzar si el conflicto no se resuelve.
Espero que algún día mis hijos lean esto y entiendan que  la experiencia ha de transformarse en conciencia, en eso estriba ser hombre.
Y mientras a día de hoy en Calais un número impreciso de niños, adolescentes y mujeres solas continúan sin cobijo alguno  en un campo digno del apocalipsis,  me pregunto, al igual que  lo hizo “El Principito”,  si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.
 

Adiós a la jungla de Calais