AL LÍMITE

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Cuando las cosas venían mal dadas en su hacienda porque las heladas se cebaban con su cosecha o la muerte le arrebataba algunos animales, don Ciprián de Penalva miraba hacia lo alto y decía a los suyos, entre resignado y suplicante, “¡queira Deus non nos veñan males peores!”.

Traigo estas palabras a colación a propósito de la espiral de reformas que ha emprendido el Gobierno encaminadas, según dicen, a lograr el equilibrio de las cuentas públicas para “salvar al país”. Pero los ciudadanos no tenemos tanta fe en el plan reformador del Ejecutivo, que justifica porque “la situación heredada es peor de lo esperado”, como tenía aquel campesino ilustrado en Dios. La gente común, como le gusta decir al señor Rajoy, ya empieza a estar al límite de lo soportable, aunque reza para que no vengan “males peores” los viernes de cada semana.

Nadie duda de que el plan de reformas es necesario para ajustar el déficit, pero es un poco caótico y no está siendo bien explicado por el Gobierno y por el presidente

 

Hace pocos días, los dos partidos mayoritarios subieron a la red dos vídeos y uno no sabe si los de antes #nohandejadonada, como dice el PP, pero estos de ahora parece que #vanaportodo, según el vídeo del PSOE, y a veces da la impresión que lo hacen con cierto regodeo. Cada reforma y cada recorte es como una carga de dinamita legal envuelta en el BOE, que cercena o acaba con servicios y conquistas sociales castigando a los de siempre: a los asalariados, a los funcionarios, a lo que queda de la clase media. Nada de tributos a las grandes fortunas, de recortar la estructura del Estado –el presidente anuncia ahora “repensar” la organización autonómica– o de eliminar prebendas y privilegios políticos en las administraciones. Por el contrario, aprobaron una amnistía fiscal en lugar de perseguir el fraude y seguro que seguirán tapando agujeros de la banca.

Nadie duda que el plan de reformas es necesario para ajustar el déficit, porque nadie piensa que el presidente Rajoy sea un psicópata que disfruta capitaneando un gobierno que recorta caprichosamente los pilares del Estado de bienestar en contra de su programa y de sus promesas. Pero el programa reformista es un poco caótico y no está siendo bien explicado por el Gobierno y por su presidente, una falta de sintonía y comunicación con el país que desconcierta e irrita a la población que le otorgó una mayoría holgada.

¿Por qué el presidente no asume el liderazgo e informa y tranquiliza a la ciudadanía que necesita razones para la esperanza?. Los asesores deberían decirle que le conviene buscar su comprensión y complicidad si no quiere seguir dilapidando el capital político ganado en las elecciones.

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