DEP

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Parece obligado tener algo que decir cuando muere un personaje público. Durante unos días, todos a nuestro alrededor se manifiestan expertos en la vida y obra de quien acaba de fallecer. De tratarse de alguien controvertido, además, muchos dan la sensación de guardarle un rencor antiguo, macerado en años de silencio. Conocidos a los que jamás has oído levantar la voz se destapan como abanderados de una causa que ni sospechabas que les conmoviese lo más mínimo. Amigos que nunca habían hablado más que de trivialidades se transforman en analistas políticos y entendidos en historia. Y los que por circunstancias tuvieron algún contacto con el personaje en cuestión se lanzan al relato de las anécdotas. Algunos con la intención de arrojar algo de luz sobre la figura de este. Otros, para disfrutar de su breve instante de fama.

Encuentro de mal gusto ensuciar el duelo con acusaciones de asesinato y reclamaciones de condenas que nunca llegaron

Los que no tenemos edad ni memoria para recordar ciertas cosas, hablamos de oídas. Con retazos de información obtenidos aquí y allá, probablemente inexactos, dibujamos al sujeto y nos conformamos con el resultado. Unos perfiles serán más benévolos que otros, sin duda. Los habrá que quizá solo recreen la faceta más popular: un político con arranques de mal humor, gusto por las gaitas y con una pronunciación indescifrable, por ejemplo. Incluso un hombre mayor, con ideas de otra época, que por momentos recuerda a un abuelo dando su opinión sobre esas modernidades que no le gustan. Puede que no entrañable, pero sí cercano. Es lo que sucede con el tiempo, a menudo solo conserva lo anecdótico.

Es necesario que no se olvide la historia. Para no estar condenados a repetirla, como decía el filósofo; pero hay un momento para cada cosa. Encuentro de mal gusto ensuciar el duelo con acusaciones de asesinato y reclamaciones de condenas que nunca llegaron. Veo fuera de lugar las celebraciones de personas que dan a entender que el fallecido les había atormentado toda la vida y que su motivación para levantarse cada mañana era ver el día de su final. Poses de quienes se han querido convencer de que les hace más interesantes subirse al carro de empresas de las que es probable que apenas sepan nada y a las que recurren cuando vislumbran la oportunidad de captar algo de atención.

La única actitud que entiendo en estos casos es la indiferencia. Más allá de comentar la noticia –la muerte, por previsible que sea, siempre tiene la capacidad de sorprendernos– no hay mucho que hablar. Quienes decían detestar al personaje pueden relajar su tensión al saber que no volverán a saber de él. No es necesario que nos hagan partícipes de su sobreactuada satisfacción. Pueden ahorrarse las búsquedas de hemeroteca para ilustrarnos con su pretendido conocimiento. Desaparecido el objeto de su indignación, pueden vivir tranquilos.

Al fin y al cabo, el que se va no puede hacer más bien ni causar más daño. Que descanse en paz.

DEP