Giovani Ramírez, en Arga

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Giovani Ramírez ( El Tinaco, Venezuela, 1954), que expone en la galería Arga, comienza su andadura plástica a los 14 años, en la Escuela de Artes “Arturo Michelena” de la Valencia venezolana, estudios que completa en Madrid, en la Academia Artium y en el Centro de la Imagen CEI. 

Tras una fecunda trayectoria en su país, se ha asentado recientemente en A Coruña, de cuya realidad paisajística y humana se ha hecho dueño, para devolvérnosla en forma de pinturas en las que la vida late con toda intensidad y de hermosas acuarelas en las que la luz se matiza en acordadas armonías de color, especialmente las que se mueven en la onda de los dorados y los violeta grisáceos. Abre así ese abanico de coincidencias (“Coincidencia” es el título de la muestra) o de encuentros que le motivan; ya aquellos que lleva en su memoria de personajes del arte o de la historia, como Ghandi, Cantinflas, Toulouse Lautrec o Frida Kahlo; ya de los héroes de la calle, como el mendigo Pepe de la calle de la Torre, cuya entrañable efigie inmortaliza. Una indudable vena lírica circula por sus paisajes de Morulo, del puerto coruñés, de las Xubias, de Lorbé y de tantos otros, donde su pincel se deja llevar por las volátiles manchas de las aguadas, tiñéndose de huidizas luces complementarias y dejando siempre al horizonte un blanco pasaje para que naveguen libremente los sueños; a veces intercala criaturas salidas de su magín, como las ovejas que ponen una nota bucólica en su cuadro de los Jardines de O Burgo. 

El color por el contrario se hace  sólido e intensamente carnal en las cuadros de figura, para recoger la cálida palpitación del acontecer humano; ya con sus festivas reuniones,  como ocurre con los encendidos asadores de la Pulpeira Jaifa; ya con sus dramas, como en la obra que titula “Los perros del vagabundo”, en la que representa a un joven mendigo de Oporto, sentado junto a tres grandes perros en el puente que dicha ciudad tiende sobre el río Duero. 

Una gozosa coincidencia o feliz contrapunto es el que establece en el cuadro “Cantinflas en Galicia”, al que pinta bebiéndose una Estrella de Galicia, mientras él lo atisba desde  una ventana que da a un exterior a cuyo fondo se adivina la Torre de Hércules; hay toda una peripecia íntima narrada en ese fisgonear, que une su viaje interior por los territorios de aquellos a quienes admira con el viaje físico que lo trajo a este Finisterre que es hoy su casa; sin duda, él está fuera y, a la vez acogido, como su Mario Moreno,  por la “estrella” y el faro que mira al infinito. 

De lucha y de utopía viajera habla el tostado y enjuto cuerpo de Gandhi enfrentado a la imponente locomotora británica, que su generoso tesón logró detener. Y está Toulouse Lautrec, ensoñando con ajenjo sus maravillosas creaciones del Moulin Rouge y del Chat Noir. Y está Frida Kahlo, entre una orgía floral, representada como una exuberante diosa de la naturaleza, con la aguda mirada del águila junto a su cabeza. Coincidencias todas ellas que unen, metafóricamente, arte y vida.

Giovani Ramírez, en Arga