LA PRUEBA

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Es en las películas mediocres donde se demuestra quién es un gran actor y quién acertó, por azares del destino, con el papel que le venía como un guante. Se demuestra especialmente cuando el gran actor interpreta al ralentí, dejándose llevar a la deriva por el argumento anodino que le hayan ofrecido y dándole su propia carne y sangre al mondo montón de huesos que le ha tocado en suerte.
Algo así ocurre en La prueba. Pacino se las ve con tener que componer a un entrenador intransigente de la CIA que tiene la mirada puesta en un talento emergente (un Colin Farrell de bostezo) al que quiere moldear en el agente perfecto.
En el libreto no había nada. Ni en lo que dice, ni en cómo lo dice, ni siquiera en el dibujo de su pasado, inexistente, porque no sabemos ni media de su vida privada, detalles íntimos que ayuden a perfilar con un mínimo de hondura a este clásico patriota yanqui entregado al trabajo de proteger las barras y estrellas.
Con estos mimbres se las ve Pacino, que cede al personaje dos elementos fundamentales que lo hacen creíble. Los dos tienen que ver con la mirada. Una fachada impermeable, de caja fuerte de banco, que impide adivinar qué se agita ahí dentro. Y un matiz mucho más sutil, una pincelada de cansancio demente que anticipa el torpe y manido giro de guion de la trama. No parece mucho, pero junto con sus manierismos y convicción hacen que un libreto destinado a caerse por su propio peso se antoje verosímil.  En realidad, lo que hace Pacino es volver al perdedor de Donnie Brasco, al tipo quemado que nunca ha llegado a ser más de lo que fue veinte años atrás, a ese “radio de la rueda que gira” del que hablaba su gánster en la película de Mike Newell. Lástima que, al contrario que en Donnie Brasco, aquí la intención de retratar algo solo sea de Pacino. El resto de la propuesta se olvida según se ve.

LA PRUEBA