DESGANA

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Pulso las teclas del portátil con verdadero esfuerzo, prácticamente resoplo con cada palabra que escribo. Mover los brazos es una empresa titánica y la sola idea de ponerme en pie se me antoja imposible. Incluso pensar me agota. Mi cuerpo me pide que me deje ir, que cierre los ojos y me haga un ovillo hasta que llegue el verano.

En los días de asténica desgana todo es menos trascendente. Las fuerzas no llegan para sorprenderse, enfadarse o emocionarse. Bastante es terminar el día sin haberse dormido contra la máquina del café. Será por eso que no estoy como loca con los resultados de las elecciones autonómicas, ni espero con el más mínimo interés la jornada de huelga.

Estoy por apostar que a los andaluces les pasa lo mismo desde hace unos días. El domingo se vieron incapaces de acercarse al colegio electoral y elegir la papeleta del candidato popular. De ahí los cuatrocientos mil votos perdidos por los chicos de Rajoy desde las generales. Seguro. No se preocupen en Génova por la posibilidad de estrategias de campaña fallidas, candidatos sin futuro o retiradas de la confianza ciudadana a raíz de políticas cuestionables. La culpa es del calendario. Qué se puede esperar cuando en marzo la gente va en sandalias. Atrapados por el cansancio primaveral, los electores apenas pudieron despegarse del sofá para ir al frigorífico a por un refresco. Como para salir a la calle. Eso, si acaso, lo harán otros mañana. Que igual andan más sobrados de energía.

29-M. Qué cansancio. Marchas por las ciudades que desde mi debilidad me parecen poco menos que maratones. Coreando consignas y portando banderas y pancartas, además. Brazos en alto, gargantas encendidas, pies que se mueven por la inercia de la masa. Tremendo. Por no hablar de los amigos de los piquetes. Venga a amenazar, a cerrar negocios, a quemar ruedas. Qué extenuación. Y qué entrega. Y servicio al compañero, por cierto; a mí, dado mi lamentable estado físico, prácticamente me hacen un favor. Su labor “informativa”, esa en la que me dicen por las buenas que tengo derecho a no trabajar, mientras por las malas se plantan con cara de perro en la puerta de la oficina, va a hacer que se reduzca considerablemente mi jornada laboral. La cama me espera. No seré yo quien se resista.

Igual cuando logre salir de este letargo descubro que todo era más importante de lo que parecía. Que lo que creí coincidencias triviales eran signos de una revolución. El murmullo que se convierte en grito. La fuerza cuando la palabra ya no sirve. Quizá deba prepararme para una “primavera española”. Ahora me puede la desgana. Ya lo pensaré mañana.

DESGANA