El sopor del verano

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Dicen que Victoria’s Secret cancela su desfile anual de lencería, esa exhibición felina, y femenina, de ondulaciones excitantes, y elegantes, rítmicas, que son un derroche estético, discretamente provocador, de civilidad, interior, y buen gusto, exterior.  Y por eso, por todo eso, precisamente por todo eso, es tachado por la censura de algunas, y determinadas, mujeres furiosas de todo el orbe, muy orquestadas ellas en su perfil, al final, por toda realidad, un desierto en desahogo sin oasis a la vista, y el concurso del mariachi de hombrecitos progres, eso sí, rodeándoles la cintura de las ideas con imperdibles de mariconera y solicitud de figurantes. Ah, y dinero a manos llenas, claro, que de eso va la fiesta. 

Lo divertido, también lo ridículo, y todavía más, lo amargo, claro, de estos movimientos sociales por la pretendida liberación de la mujer, es ese lado obsceno de que, justamente, todas sus proclamas de emancipación, pasan por el dictado de la sumisión categórica, verbigracia, cuando acusan a “las otras” de cosificarse. 

Vamos a ver… tendría que mover a toda reflexión crítica la consideración de cómo los mismos que protagonizaron el mayo del 68, cuyo espíritu liberador podría resumirse en “prohibido prohibir”, son precisamente quienes vienen ocupándose, en esencia, desde hace ya largos años, en acomodar su discurso a una suerte de metamorfosis perversa, que impone normas, decreta derechos, reparte anatemas, condena disidencias, decide vidas, en definitiva, explica, con intención de asiento jurídico, qué haya de ser lo correcto y su contrario, dónde está el bien y cuál sea el mal, naturalmente todo ello con impronta categórica e inapelable. Una religión, vamos, sin dios, por supuesto, antes su contrario, un contradios, que no es sino el hombre ensoberbecido de dios mismo, ridícula marioneta que mueve su propia mano.  Así ya se comprende, desde luego, que cada vez que se oye la palabra progresista, mucho más su apócope favorito, ese progre canónico, la libertad sienta amenazada su más íntima naturaleza, desconfíe de cómo pueda ser interpelada, apele a la más noble esencia de la condición humana para defender su patrimonio de ser libre y no siervo, alguien y no ninguno, persona y no número, que mira por donde, eso sí termina, y casi empieza, en cosificación. Lo esencial en las personas, hombres y mujeres, es el reconocimiento adulto de su condición, sus posibilidades intelectivas y psicológicas, el estímulo cuanto mayor mejor hacia la cultura como objetivo fundamental del desarrollo de la personalidad, la más exacta y exigente igualdad de oportunidades, incluyendo de modo indispensable la independencia económica, sin la cual la libertad palidece.  Y a partir de ahí, a ver, repetid conmigo, si el personal, masculino o femenino, quiere cosificarse, por usar tu jerga, es asunto muy privativo suyo, y tú no eres nadie para decirle, mucho menos en obligación de derecho, qué deba o no hacer. ya lo sé, te cuesta ser libre, pero debes intentarlo, sólo sea por salir del gulag, esa pesadilla, por cierto, tan contraria a mayo del 68. Y por ir entendiendo qué sea, o no, cosificarse, que ésa es otra. 

El sopor del verano