EL LABERINTO TERRITORIAL

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No se sabe muy bien qué pretende en realidad el Partido Socialista con su propuesta de reforma de la Constitución en un sentido federal. Por una parte, la fórmula no aportaría nada sustancialmente novedoso sobre el sistema autonómico vigente. Y por otra, no satisfaría a los más buscados beneficiarios de la misma, cuales serían los nacionalismos vasco y catalán.
Tampoco cabe, es cierto, una reforma en el sentido de buscar en nuestra ley fundamental un acomodo nuevo y preferente para ellos, tal como ha apuntado en más de una ocasión el que fuera ponente constitucional Herrero de Miñón y en sintonía con la idea de distinguir entre unos territorios y otros que ya apunta el Título VIII de la Constitución.  
El problema es que lo que en su momento pudo ser aceptable, hace tiempo que ya no es asumible. Después de que los acuerdos autonómicos de 1981 generalizaran el proceso y establecieran el llamado “café para todos”, y después de tantos años de ejercicio de un enorme poder territorial, cualquier intento de restablecer para quien sea un estatus diferenciado –el que fuere– sería fuertemente contestado. Por la derecha y por la izquierda.
A ello habría que añadir otra realidad incontestable, cual es que a estas alturas a los nacionalismos vasco y catalán ya no les sirve recuperar dentro del sistema –incluso mejorado– su siempre pretendida y siempre frustrada singularidad. Por no servirles, ya no les vale ni el confederalismo que inspiró tanto el llamado “plan Ibarretxe” como el Estatuto catalán de 2005 hoy allí vigente.
Ahora están en otra cosa. Están con el ejercicio del derecho a decidir como vía e instrumento para llegar a la independencia. Por eso dice bien Mariano Rajoy cuando adelanta que plantear una reforma de la Constitución para dar satisfacción a alguien que no se va a sentir satisfecho con ella significaría un enorme error.
Pero es que, por si todo ello fuera poco, la fórmula federal apenas se distinguiría del sistema autonómico vigente. En realidad, para no pocos constitucionalistas el actual Estado de las autonomías es ya un Estado federal. O si se prefiere: es federal en todo salvo en el nombre.
Como dice el profesor Blanco Valdés en su reciente y documentadísimo ensayo “El laberinto territorial español”, postular el federalismo como vía intermedia e integradora frente al independentismo por un lado y frente al centralismo por otro, constituye una fórmula insostenible y cínica de querer escapar de un dilema que ya no es el de cómo perfeccionar el modelo autonómico, sino el que han planeado quienes se proponen acabar con tal modelo para caminar hacia la independencia. Pero ante el dilema el PSOE se resiste a posicionarse con claridad y sin titubeos. Como en tantas otras ocasiones.

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