NOBLEZA CANINA

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La prensa nos sorprende día tras día con historias cotidianas de perros que salvan la vida de sus amos. Recientemente leíamos la historia de un perro que salvo la vida a su joven dueño invidente, rescatándolo del interior de un incendio, en el que ambos pudieron morir abrasados. O la de ese perro que durante meses permaneció en la rotonda de A Bailadora, en Covas, a la espera de que sus dueños volviesen a por el. Son historias heroicas y entrañables que nos hablan de la nobleza canina, y de su entrega absoluta hacia quienes reconocen como sus amos y amigos.  La nobleza de los perros es algo que solo pueden atestiguar los que la han disfrutado en primera persona. Es una entrega sin límites, una amistad profunda e incondicional. Una amistad infatigable e imperecedera. Como imperecedero es el recuerdo de Teddy. Un gran amigo que nos acompañó durante casi catorce años, y que hace tan sólo tres meses nos abandonaba para siempre. Se fue como llegó, de forma discreta, pero dejando un gran vacío, que aún hoy pervive entre los que conocimos y disfrutamos de su compañía y fidelidad. Su buen carácter y su jovialidad le acompañaron a lo largo de toda una vida, plagada de felicidad compartida.  Hoy, esté donde esté, seguro que sueña con la cabaña de Pepe donde tan buenos momentos pasó creyendo ser un niño más. O con las pequeñas olas de la playa de A Magdalena, en Cabanas, donde se bañaba a diario siendo todavía un cachorro. Añorará el valle de Serantes donde vivió muchos años, y los lametones de su inseparable Cleo, que día tras día le propinaba una buena limpieza de oídos, o el pan reseso, ese premio a su buen comportamiento. Allá donde esté se acordará, seguro, de su amigo inseparable, el que le daba la vida entera, y convertía cada día de su vida en una auténtica fiesta. Sus caricias, sus juegos, su amistad sincera. Lo vio nacer, se coló bajo su cuna y lo adoptó para siempre como amigo y como amo.  Bajo la densa niebla de Mondoñedo supimos con profunda tristeza que su corazón había dejado de latir para siempre. No pudimos despedirnos. No era necesario. Allá donde estemos, durante el resto de nuestras vidas, su recuerdo seguirá latiendo en nuestro corazón, con esa fuerza permanente de su nobleza canina que siempre compartió con nosotros. Es la pura verdad.

 

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