LA BURBUJA

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No estoy seguro de que la única burbuja que ha provocado últimamente tanto malestar y desasosiego haya sido la inmobiliaria. La especulación y la sobrevaloración características de la crisis del ladrillo han estado acompañadas de otras mentiras y engaños mayores. Y lo que es peor, en algunos casos con efectos mucho más profundos y duraderos.

Me refiero al hecho de que nos hayamos podido creer que la prosperidad y riqueza, en algunos aspectos ficticia, en que hemos vivido durante algunos años, además de merecida era perpetua e irreversible.

Si tenemos en cuenta que la mayor parte de la humanidad vive, y ha vivido a lo largo de la historia, una realidad muy distinta de dificultades y pobreza, con pocas o ninguna posibilidad de mejora, no parece muy lógico que nos creamos seriamente que, por alguna razón desconocida, todo eso no va con nosotros y que no existe posibilidad alguna de que las cosas puedan irnos mal.

Nadie desea mal a nadie, antes al contrario, ojalá que nos vaya bien a todos en el nuevo año y en los próximos. Pero conviene ser realistas e, incluso, un poco menos egoístas.

Aunque suene a perogrullada, la realidad es que en esta vida el que tiene algo puede llegar a perderlo, y no solo la salud y la propia vida, que todos consideramos como lo más importante, sino otros muchos bienes y situaciones que llegamos a considerar como imprescindibles o irrenunciables.

Al cabo si tienen algo de bueno los tiempos de crisis es que nos pueden ayudar a valorar mejor la realidad humana y en su justo término lo que tenemos. También para descubrir aquellas cosas verdaderamente importantes que tantas veces olvidamos.

Posiblemente muchos de los que aparentemente son más desgraciados que nosotros y que no gozan de nuestro bienestar y prosperidad, viven una vida más humana, que nada tiene que ver con falsos paraísos, sean estos capitalistas o del proletariado, sino con planteamientos donde todavía tienen cabida el amor al prójimo y los bienes espirituales, tanto o más que los materiales.

Aunque parezca contradictorio, como comentaba el economista Sergio Latouche, “es posible vivir mucho mejor con mucho menos”.

En este sentido no cabe duda de que se está produciendo un cierto cambio de mentalidad, ahora parece que estamos dispuestos a aceptar cosas que hace no mucho nos parecían innegociables.

Me refiero a los famosos recortes, que no son otra cosa que sacrificios necesarios, aunque no queramos llamarles así, pues hasta en el vocabulario le hemos dado la espalda a la realidad.

Sacrificarse como siempre han hecho los buenos padres por los hijos y las personas generosas por los demás, son valores que forman parte de la felicidad que tanto anhelamos y que los bienes materiales no nos pueden dar.

LA BURBUJA