Nuestra ciudad

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Ami edad de treinta años –la de los tristes desengaños, que cantaba el poeta– se siente nostalgia del porvenir. Uno quisiera llegar muy lejos al objeto de repetir los mismos errores cometidos hasta la fecha. Lo primero que se me ocurre es si habría vuelto a decidir quedarme en La Coruña cuando había tenido ocasión de domiciliarme en Madrid… La pregunta, por tópica, se ha repetido y repetirá a lo largo de los años. Acaso la contestación –tomada de un libro confesional– resida en la respuesta dada por un actor neoyorquino al analizar su vida: “No sabía que mi ayer había sido tan hermoso”.

Como siempre acudo a mi cajón de sastre teatral. Existo encima del escenario, me comunico con los demás e intento conformar mi ego psicoanalítico. Semejante opción, tan hondamente humana y hermosa, me depara la obra de Thormton Wilder “Nuestra ciudad” (representada aquí, década de los sesenta, por las agrupaciones locales Tespis y TEU). Uno de los personajes, Emily Webb, fallecida al dar a luz, pide regresar al mundo y le es concedido. Su reflexión –cáustica, mordaz y atónita– tras comprobar los actos de nuestra vida diaria –comer, dormir, despertarse para ir a trabajar, planchar, asearse, pasear, etc.– la demanda preguntarse: “¿Algún ser humano ha sido alguna vez consciente de la vida mientras la vivía?”.

Son mis ayeres, vivencias, felicidades –junto a malos momentos– que conforman mi existencia y no cambiaría por nada. El privilegio de ver el mar, contemplar el sol, disfrutar la lluvia o sentir el viento retozón cuando Dios pasa bailando a mi lado. Quisiera prolongar mi calendario y gozar esta Coruña coqueta, frívola, pero con corazón tan grande como la vieja plaza de toros. Acaso soy el pequeño pez que busca el océano, según cuenta el indio Anthony de Mello, sin verlo al nadar en sus aguas.

 

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