Nada es definitivo

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En estos tiempos existe un gran desconcierto en todos los órdenes. Los valores democráticos, la participación ciudadana, incluso la idea de nación, se están convirtiendo en una quimera. Hay poderes que están interesados en cambiarlo todo.     
El escenario que tenemos a la vista es el de un conflicto global indirecto, diferente al de la Guerra Fría. Hoy la lucha es por el control de los recursos naturales, que en el futuro se tornarán vitales para la sobrevivencia de la especie humana. También se lucha por establecer la supremacía científica, tecnológica, económica, mediática y cultural. La batalla es en varios frentes. En cualquier caso, este tipo de pelea no es nueva, pues la idea de dominio de unas naciones sobre otras se mantiene desde la antigüedad. Lo que han cambiado son los actores, el escenario y los métodos. 
La realidad es que toda esta lucha no es ajena a las transnacionales. Ellas se aprovechan de los avances científicos y tecnológicos para imponer su agenda globalizadora. Pero además no se conforman con vender sus productos en la feria global, sino que también desean el poder global. 
Y lo están consiguiendo, pues desde sus castillos están presionando a los estados para que lo transfieran. El ejemplo más sangrante lo tenemos en la UE: su poder político fue prácticamente traspasado a las grandes corporaciones. La estrategia de estos poderes es disolver los Estados-nación. 
Es un hecho incontestable que el modelo que están intentando imponernos, además de arrasar con las culturas locales, está aniquilando la democracia. 
El futuro poder, si llegara algún día a concretarse, sería cualquier cosa menos democrático. Nos gobernaría un grupo no electo, como ocurre en Bruselas, que seguiría las directrices que le marcaran las plutocracias financieras. 
En todo caso, aunque no se perciba –los medios tratan de silenciarlo– el plan está en marcha desde hace tiempo. Se están utilizando estrategias sociales, psicológicas y económicas para quebrar toda resistencia, hoy son pocos los intelectuales que se atreven a denunciar lo que está ocurriendo. La realidad es que estamos a merced de los globalizadores, que además se dieron  a la tarea de impulsar un “menú” de falsos valores. Unos valores híbridos, confusos, que merecen –como dice Alan de Benoist– “una enmienda a su totalidad”. 
Los que abanderan el nuevo orden están llevando a cabo a una ofensiva global. Su primer objetivo es la anulación sistemática de la voluntad de los individuos, hacer que no piensen, que no crean en nada ni en nadie, en suma, convertirlos en seres políticamente disfuncionales. Logrado ese primer objetivo lo demás vendrá por añadidura. 
Se está llevando a cabo una acometida brutal contra los valores eternos, los universales, los que nunca caducan. En el pasado los intelectuales –como dice Benoist– conspiraban contra el orden establecido, hoy es al revés, lo hacen a favor de ese orden, entre ellos hay ex trotskistas y ex maoístas convertidos a la “religión” neoliberal. En su “travesía por el desierto” parece que sufrieron un proceso de mutación. Los hay que han mutado tanto que  se han vuelto rabiosos defensores de las teorías de Milton Friedman. 
En todo  este proceso existen demasiadas contradicciones. La misma derecha, que defiende a ultranza el liberalismo económico, está contribuyendo a destruir sus propios valores, su propia esencia. Por un lado dice defender  la familia tradicional, la cual incluye posicionarse en contra del aborto, del matrimonio de personas del mismo sexo, de la eutanasia, etcétera. Sin embargo, el modelo neoliberal termina por arrasar con todos esos “valores”, puesto que acaba despersonalizado al individuo, hasta desaparecerlo como persona y convertirlo en un simple objeto consumista. En este camino destructivo deja de existir la familia, el honor, la honestidad, las creencias religiosas y políticas, en realidad,  ningún valor se salva.
Vivimos en un mundo cambiante. Los pronósticos de hoy pueden cambiar en poco tiempo, por lo tanto, nada es definitivo.  Sin duda, hay variables que pueden torcer el curso de los acontecimientos.    
 

Nada es definitivo