Una Europa diferente

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La niebla se ha posado definitivamente sobre el Canal. Por sorpresa pese a los anuncios, pese al mar de fondo que latía y late. Libremente abandonan el proyecto europeo, el más grande que nunca tuvo Europa, aquella Europa tantas veces guerrera y ciega, devastada entre imperios ególatras y coloniales. Reino Unido ha votado y su pueblo soberano ha dicho no a Europa. Cuatro décadas después se fractura Europa. Pero el drama que puede suponer a corto plazo no debe verse como una tragedia irreversible. La irresponsabilidad de Cameron, el premier británico, que salvó el referendo escocés, acaba de incendiar el futuro. Los mayores que solo tienen presente, han dificultado aunque no negado, el futuro de los jóvenes británicos. La demagogia y el populismo han hecho el resto cuando un pueblo se ha dejado seducir por la mentira, el sensacionalismo, el falso orgullo herido y una fortísima identidad y sentimiento nacional. Inglaterra y Gales han dicho sí sobre todo al sueño europeo. Escocia e Irlanda del Norte apostaban por Europa. Es la hora de la responsabilidad pero también del rigor y el pragmatismo.
Nadie sabe como ha sido, como el verso machadiano, pero sucedió. La muerte entró de noche por el balcón. Londres se acostó de una forma y se levantó de otro. Lo ha decidido así, evitemos ahora el efecto dominó y el relativismo vacuo de nacionalismos y populismos que pronto se han lanzado a una carrera de pedir referéndums.
Se acaba un tiempo para Europa, pero he aquí la gran oportunidad que tiene la misma para revitalizar un proyecto lánguido y sin liderazgo desde hace más de una década. Y debe nacer otro tiempo más fuerte, más estructurado, más apegado a los ciudadanos y no a las élites como ha acaecido en todo este tiempo. No más Europa a costa y espalda de los ciudadanos y el egoísmo de los gobiernos nacionales que han vendido como propio los beneficios y como ajenos y de Bruselas los sacrificios. Nadie ha querido defender y aplaudir lo que ha supuesto verdaderamente en nuestros países, sociedades y economías el proyecto de Schumann.
Nadie sabe que pasos y cómo y con qué intensidad se sucederán. Por mucho que los Tratados lo permitan y lo hayan regulado, ésta ha sido indiciaria y nimia, pensada siempre para un supuesto que no tendría lugar. El terremoto británico, la fosa abierta no debería extenderse en Europa. Pero nada está escrito. Salvo el miedo. El miedo a que el efecto contagio pueda suceder en cualquier momento. Ante cualquier problema habrá miedo, habrá dudas, como no hace mucho se hablaba de la salida griega, o su expulsión del euro.
No, definitivamente no es una buena noticia para Europa y tal vez para los británicos, pero esta ha sido su decisión. Y no lo será para algunos países de Europa, del sur, entre ellos el nuestro. Económica y empresarialmente los ajustes serán duros, rigurosos, las exportaciones sufrirán un varapalo fortísimo, muchas empresas redefinirán su estrategia y presencia, otras, como las financieras decidirán si la City seguirá siendo el corazón de cristal de las mismas. Y en lo humano y social cambiarán muchas aspectos pero no por ello tienen que romperse diques y puentes. Reino Unido nunca ha creído en una libre circulación de personas sin restricciones, ni tampoco adoptado ciertas decisiones de calado social, o su peculiar preservación de la libra, lo que en la crisis reciente y aún no superada del todo, le ha permitido sortearla de otra manera que a países euro que la han sufrido en carne propia y sin márgenes.

Una Europa diferente