Verdades relativas

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Los  mensajeros de la catástrofe predicen un desastre para Cataluña, en el hipotético caso de que llegara a independizarse. Aseguran que las grandes empresas se marcharían ipso facto del territorio catalán, que además se quedaría fuera de la UE, y otros despropósitos más.
Sin duda, la independencia no sería buena para Cataluña, a pesar de lo que crean o piensen los independentistas. Lo ideal es que la nación española continúe unida. Por otro lado, hay que subrayar que los nacionalismos –de cualquier índole– no son buenos para la convivencia pacífica de los pueblos. Son excluyentes e insolidarios.
Ese es su pecado original, aunque sus líderes se empeñen –algunos de buena fe– en afirmar lo contrario. No existen nacionalismos buenos y nacionalismos malos. Todos se parecen.
La dinámica interna de los nacionalismos, una vez activada, inexorablemente fomenta la confrontación cultural, el odio, y en algunos casos –los más extremos– hasta limpiezas étnicas.
Vivimos en una época en la cual el dadaísmo –cuando la sinrazón y el disparate se oponen verticalmente a la razón y al buen juicio– moldea el discurso de muchos políticos. Algunos lo practican a diario. Conscientes o inconscientes, utilizan las extravagancias y las insensateces como métodos de acción política, quizá para hacerse notar, con lo cual nos indica su catadura moral.   
Volviendo a Cataluña –aunque ahora su President ha dado marcha atrás a la consulta– es cierto que sería excluida de la UE, pero eso sucedería al principio, durante un tiempo, no mucho, después conseguiría reingresar al “club”, que dicho sea de paso, ya no es ningún privilegio ser su socio. Es curioso, pero en Bruselas existen “extraños” intereses que se solapan entre sí. Allí, tras bambalinas, se mueven fuerzas que no ven con malos ojos la desintegración de algunos estados, sobre todo, si son grandes.
Una Europa compuesta de pequeños estados es más fácil de manipular, en realidad, es la “Europa ideal” para ser pastoreada por los grandes poderes financieros. La actual, con la excepción de cinco países, entre ellos el nuestro, ya está compuesta de pequeñas naciones que carecen de peso político, por tanto, no pueden decidir nada. Son insignificantes. Hablando en Román paladino, pasaron de ser estados soberanos a simples colonias o  protectorados de Bruselas. Lo demás es maquillar las cosas, digamos  edulcorar la política.
No hay que olvidar que los centros de poder, en su afán de dominio económico, político, militar y hasta territorial, siempre han actuado –y siguen haciéndolo– de la misma manera.
El modus operandi no ha cambiado. Lord Palmerston decía –nunca nos cansaremos de repetirlo–  que los países no tienen amigos o aliados permanentes, sino intereses permanentes. Y esta premisa sigue siendo inmutable. Una de las estrategias es “divide at impera”. Aunque en el escenario europeo no hace falta dividir, pues no se trata de enemistar naciones entre sí, al contrario, en Bruselas tienen mucho cuidado en que eso no suceda, sino de llevar a cabo políticas aparentemente inofensivas pero con objetivos no tan inocentes. Los centros de poder siempre están al acecho para “reformatear” países o regiones enteras. Sin duda, en Bruselas usan diferentes varas de medir, y no utilizan la misma cuando se trata de Alemania. La Unión Europea la compone Alemania y los “otros”.
Obviamente, algunos de los entresijos existentes en Bruselas son conocidos por los líderes independentistas, sean éstos catalanes, gallegos, vascos o escoceses. Saben que la marcha de las empresas es una simple tetra para asustar.
Obviamente, a las empresas les interesa más un mercado unificado, es decir, prefieren una Cataluña dentro de España que fuera de ella. Pero las amenazas de hoy serían olvidadas mañana, en caso de que la independencia prosperara.
Los análisis que hacen algunos tertulianos, asidos invitados de los medios nacionales, no se ajustan a la realidad. Son valoraciones subjetivas, motivadas políticamente. Pero aunque fueran verdaderas, y aquí surge la pregunta, ¿harían cambiar de opinión a un nacionalista convencido?  
Lo dudamos.

 

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