Pienso, luego existo

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Desde aquel lejano y terrible episodio de Hipatia de Alejandría miles de personas han pagado con sus vidas por el “delito” de pensar. Algunas acabaron en la hoguera, otras en la guillotina,  y muchas otras bajo las balas de un pelotón o desaparecidas para siempre. Y así, lamentablemente, se ha escrito parte de la historia de la humanidad. Curiosamente, al poder y a los grupos fanatizados les inquietó siempre que los demás pensaran.
Han existido épocas –esperemos que no vuelvan a repetirse– en las cuales pensar resultaba demasiado peligroso. Es evidente que sin libertad no puede haber una sociedad libre, es necesario que existan en ella diferentes puntos de vista. De lo contrario se convertiría en una colectividad de zombis.
En estos tiempos, dado el poder de los medios, que además están controlados por el mismo grupo que nos quiere imponer una visión única del mundo, es importante, incluso decisivo para preservar la libertad, que exista un espíritu crítico en la sociedad.
Algunos panelistas de los debates televisivos defienden que los medios no deben estar regulados, que deben ser totalmente libres, argumentan que no deben existir restricciones para “informar”.
En principio todo eso suena a música celestial, puesto que ningún demócrata de verdad puede oponerse a tal argumento. Hasta ahí todo está bien.
El problema empieza a la hora de crear una cadena de radio, de televisión o de fundar un periódico, puesto que para acometer semejantes empresas se necesita mucho dinero.
Sin duda, los pobres no pueden crear ese tipo de empresas, sólo pueden hacerlo los millonarios o los grupos financieros, por tanto, los grandes medios les pertenecen.
Es obvio que los profesionales –periodistas y productores– que trabajan para esos medios no pueden hacerlo con entera libertad, pues tienen que seguir el “guión” que dictan los dueños de esas empresas, o arriesgarse a perder el trabajo. Y ese guión pasa por la defensa de un modelo de sociedad concreto.
Es por eso que los grandes medios proporcionan una información sesgada y tendenciosa, llega a los hogares manipulada, puesto que es seleccionada usando criterios financieros y políticos, incluso estratégicos, todos ellos están en sintonía con los intereses de las élites. Es obvio que sin información fiable no se puede analizar correctamente una determinada situación. Y en un mundo donde prima la desinformación y la propaganda no es nada fácil obtener información precisa y objetiva.
Por lo tanto, se requiere una búsqueda minuciosa en la cual es necesario usar instrumentos de búsqueda alternativos, como por ejemplo internet. Sin lugar a dudas, esta última se ha convertido en el mejor medio alternativo para buscar información, aunque también hay que hacerlo con sumo cuidado para evitar ser manipulado.
Pero aun así, si se utiliza con buen criterio, digamos con un criterio razonable y analítico, se puede tener acceso a mucha información que de otra manera no sería posible, es decir, sería imposible obtenerla a través de los medios o canales habituales.
Las grandes empresas mediáticas no son más que instrumentos de control que sirven al poder, de hecho forman parte de él.
Esas empresas moldean la psicología colectiva, es decir, construyen un modelo social que nos indica cómo debemos vivir, a quién debemos votar, a quién no debemos hacerlo, etcétera.
No hay que olvidar que los grandes medios son los que fabrican los llamados “estados de opinión”. Su “infantería”, los periodistas, contribuyen a construir directamente tales “estados”. Pero si la sociedad desarrolla y potencia una cultura crítica, la capacidad de manipular de esos grupos se verá minimizada.
No aceptar nada como verdad, al menos sin que antes sea contrastada, es condición sine qua non para evitar la manipulación y el engaño.
Hoy los poderes, en menos de lo canta un gallo, convierten una mentira en una verdad social aceptada, sobre todo, cuando tratan temas económicos o geopolíticos.
Mantener un pensamiento crítico hacia esos poderes es la mejor arma para defenderse de ellos, incluso para cambiar el estado de cosas.

 

Pienso, luego existo