Bichos

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El 1 de enero de 2018 entró en vigor el Reglamento de la Unión Europea 2015/2283 relativo a nuevos alimentos.   Este Reglamento mejora las condiciones para que las empresas alimentarias puedan comercializar nuevos e innovadores alimentos (entre los que se incluyen los insectos) en el mercado de la UE, manteniendo al mismo tiempo un alto nivel de seguridad alimentaria para los consumidores. En este poco tiempo, aparecen los insectos como posible alimento del futuro, e incluso algunos supermercados (por ej. Carrefour) venden algunos productos elaborados con insectos. Desde el punto de vista legal, por lo tanto, es posible producir y comercializar insectos destinados al consumo humano, siempre que se cumpla con los estándares exigidos. Y esta comercialización está pensada principalmente para Europa, donde este tipo de consumo genera rechazo.  

Pues bien, quizá en esa línea de cambio de hábitos está la llamada de atención de científicos de la ONU que urgen a cambiar la dieta para frenar el cambio climático. Lo uno y lo otro va unido. Al parecer, la crisis climática obliga a cambiar la manera de alimentarse. El modelo actual de producción de comida supone casi un tercio de las emisiones gases de efecto invernadero, por lo que será imposible contener el calentamiento global sin que el mundo (el rico sobre todo) modifique su dieta con urgencia: más vegetales y carne producida con sistemas que utilicen menos energía. Los expertos calculan que la producción de comida lanza unas 11 gigatoneladas de gases a la atmósfera. Son 11.000 millones de toneladas de gases de efecto invernadero a base de prácticas agrícolas, el cambio en el uso del suelo, el almacenamiento, transporte, procesamiento, empaquetado y consumo de los productos. Esta información ya hizo que muchas personas adoptaran una dieta vegetariana o vegana por convicciones ecologistas, porque la ganadería es una de las grandes culpables del cambio climático. 

España es el segundo país europeo y el decimocuarto mundial que más carne consume por persona al año. Y es que la ganadería de producción industrial contamina tanto como “todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos”. En  opinión de los expertos, “no podemos frenar el calentamiento global si no cambiamos el modo de producir y consumir carne y otros derivados animales”. El objetivo global es doblar el consumo de frutas, hortalizas, legumbres y frutos secos, y reducir a la mitad el de carne roja y el azúcar. 

En Occidente, el consumo de carne roja y de alimentos procesados y refinados es excesivo, lo que además conlleva riesgos para la salud mayores que los causados por el sexo no seguro, el alcohol, la droga y el tabaco juntos, detalla el informe.  Y por eso la Organización de Naciones Unidas (ONU) y la FAO, está planteando muy en serio el consumo de insectos en la dieta de las personas.  La FAO dice que comer insectos no es dañino y más bien es nutritivo. Los “bichos”, así, en general, son una importante fuente de proteína. 

Cuando repasamos la historia vemos como el hombre primitivo se refugiaba en cavernas, era fundamentalmente nómada y consumía la carne que cazaba. Luego la evolución le hizo asentarse en poblados, iniciarse en la agricultura y el pastoreo para el consumo tanto de vegetales como de carne.  Claro que desde esto han pasado miles de años. Y resulta que ahora nuestro consumo seguro, nuestra carne que no cazamos ni matamos sino que la adquirimos en supermercados debemos sustituirla por saltamontes, hormigas o similares. Efectivamente, se argumenta que los insectos son ricos en grasas, hierro y zinc, así como en proteínas, y por ello podrían convertirse en un sano reemplazo de las carnes más tradicionales, tales como la res, el pollo y el pescado. Los beneficios ambientales son muchos: El cultivo de insectos produciría muchísimo menos emisiones de gas invernadero que el ganado convencional (por ejemplo solo unos pocos tipos de insectos producen metano). 

Sin embargo, aquí en occidente, ¡donde se ponga un buen chuletón que se quiten los gusanos!.

Emma González es abogada

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