MOTIVOS PARA LA AMBICIÓN EN FERROL

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Existe un sentido absolutamente peyorativo a la hora de describir la ambición. Y es que esta presupone también la exclusión cuando se entiende únicamente bajo la perspectiva individual. El deseo ardiente de conseguir dinero, riquezas, propiedades o fama es lo que tiene, ya que, supuestamente, no puede contemplarse desde el punto de vista colectivo. ¿No es, al fin y al cabo, lo que todo el mundo quiere: tener dinero, carecer de preocupaciones, ser respetado...? Es precisamente ese contenido tan propio del individuo cuando se presupone que cualquiera de estos logros se obtienen a costa de los demás, lo que le confiere un contenido tan negativo.  No es, al menos en idéntica medida, descalificatoria si la ambición se entiende como medida intrínseca para la consecución de un bien común, de un objetivo que beneficie, si no a todos, al menos a una inmensa mayoría.  Es bajo esta perspectiva cuando cobra mayor alcance su ausencia. Carecer de ella, como con demasiada frecuencia sucede en Ferrol, implica entonces desidia, o que juegan mayor papel los intereses individuales o de un grupo en detrimento de los de una colectividad. Con demasiada frecuencia estamos sometidos en esta tierra a esto último y hemos logrado un alto grado de especialización en esto de que, dependiendo como dependemos del Estado, nos sintamos abandonados por la total y recurrente carencia de alternativas ante la insostenible realidad que nos rodea. Una realidad que, hay que recordar, no tiene ni mucho menos el marchamo de novedosa, pero que, en cualquier caso, nunca se había palpado en esta comarca con tamaña virulencia.
La ambición por el progreso es legítima y debe ser deseada por ello con mayor intensidad que con la que aspiramos a las cosas más banales, aunque no a costa de un perjuicio que se convierta en insostenible, como lo es el de depender invariablemente de lo público como único sostén de futuro. Ni el Estado debe obviar esta realidad, ya que también el grado de ambición, o su propia existencia, depende en gran medida de la voluntad para satisfacerla, para responder a los intereses colectivos, ni por la ausencia de compromisos reales debemos renunciar a ella. Si así fuese, careceríamos entonces de futuro, porque en ningún momento de nuestra peculiar historia –tanto como lo es la de tantos otros pueblos o comarcas de ese país– hemos podido sobrevivir al margen de dependencia.
La ambición conlleva en ocasiones sacrificios, pero no precisamente aquellos que determinen otros sino los que estamos dispuestos a sumir nosotros mismos, aquellos que podemos entender que traerán verdaderos beneficios para el conjunto de la sociedad y nunca bajo la convicción de que no queda más remedio de asumirlos, sino con la creencia firme de que, de no pensarlo así, de no actuar en consecuencia, entonces, solo entonces, de verdad no seremos nada.

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