El quinto jinete

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Fiel a su cita acude el quinto jinete del Apocalipsis de los gallegos. El fuego. Puede que no sea puntual, pero siempre llega. ¿Cómo se combate? Es el teorema de Fermat o la hipótesis de Riemann para políticos y expertos en la materia. Tantos años de siniestros, tantos estudios, informes y conjeturas, tanta experiencia no ha servido para encontrar el Grial con el que ganar la guerra a los incendios.
Ya saben cómo se produce; saben qué clase de gente lo provoca e incluso cuándo; se ponen los medios para prevenirlos... pero al final siguen produciéndose. Al final lo que toca es encomendarse al manitú de la lluvia.
Las conclusiones a las que han llegado nuestros gestores es que, por negligencia o mala fe, detrás de la mayor parte de los incendios forestales está la mano del hombre. ¡Bravo! Qué linces. Y ahora que ya se conoce el quién, el dónde, el cómo, el cuándo y el porqué, es de suponer que también se habrán hallado las claves para luchar contra el porqué, el cuándo, el cómo, el dónde y el maldito quién.
¿Sí? Pues no. De momento se han calcinado casi 8.000 hectáreas en lo que va de verano. Aún no quedaron atrás los tiempos en los que, tratándonos como a memos, los políticos aireaban sus logros en la lucha contra los incendios después de un estío ártico o monzónico, así hiciese frío o cayesen chuzos de punta. No han pasado las épocas en los que se colgaban medallas si se pasaba un verano con apenas unas llamas. Y aún hoy, cuando el fuego sigue arrasando miles de hectáreas, nos dicen que este año ha sido excelente (Feijóo dixit), porque han ardido menos que el pasado. Y nos vienen con lo de “carácter homicida” de los incendiarios y se clama por la aplicación de penas más severas para ellos. Nada que objetar. Pero habida cuenta del amable –melifluo– sistema judicial que tenemos, la cosa pinta cruda. Si el radical código penal estadounidense, por ejemplo, con sus freidoras, sus chutes de pentotal y sus condenas de por vida es incapaz de acabar con asesinos, criminales, homicidas y delincuentes, qué decir de las amables condenas que se imponen aquí. ¿De verdad creen que puede ser eficaz, por disuasoria, una sentencia ejemplar contra los amantes del fuego? Para el negligente, tal vez. Para el zumbado y el delincuente, lo dudo.
George W. Bush, que llegó a ser el tipo más poderoso del planeta, propuso en su día talar todos los árboles para acabar de una vez por todas con los incendios forestales. No me digan que no es brillante... Así que aplicándonos el cuento aquí, en el País de los Eucaliptos, se podría emplear un método más nuestro, por el que suspiraron y se pirran muchas administraciones, matando dos pájaros de un tiro. Abandonado el campo y su forma de vida, convertidas las tierras en fincas para edificar chaletitos y urbanizaciones, la solución para vencer por fin al fuego sería talar los bosques, como proponía el de Texas, y en su lugar seguir construyendo polígonos industriales. En esos inmensos eriales de hormigón poco puede arder.

El quinto jinete