“Déjà vu”

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"Los tienes cuadrados, hijo”, me decían, en horas de desarreglo, aseados jefes de la regla de los peinados, seres encaramados en su ser como gatos de escayola por aquello de seguir siendo ellos el ser que lo demás no podíamos ser por el bien de la institución y también de la nación. En una palabra, que fui, como todos ustedes, un mandado y como a cualquiera de ellos me trataron, y yo, en pago, de vez en cuando los tuve cuadrados a la vista de lo esférico de su juicio, aunque los sintiera redondos en la garganta, disputando con las amígdalas un espacio copado ya por la rabia a que impele la angustia.

Los hombres cuadrados cuadran a los hombres para un fin que, expresémoslo como queramos, no cuadra con lo que al hombre ordena en otro orden de cosas que nada tienen que ver con estas de ordenantes y ordenados. No es solo el universo del espíritu al que al hombre dispone y propone para ese fin propio de dioses, está también el amor y el odio, la pasión y el deseo, la tristeza y la alegría, el dogma y la filosofía, el hambre y el hartazgo, el saber y la barbarie, el todo y la nada y, cómo no, la virtud y el pecado. Y en la mezcolanza de ese universo, está ese soplo de rebeldía que a menudo nos descuadra y le permite a cualquier gerifalte recordarnos que los tenemos cuadrados, en el afán de que rodemos mansos en el escroto de su voluntad. 

Ni somos hombres ni bestias, somos los tristes huevos de una gallina rebelde y un gallo acobardado.

“Déjà vu”