EL MODELO FINLANDÉS

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En los rankings educativos, Finlandia suele ocupar las primeras posiciones en los últimos años. No es ninguna casualidad. Todo lo contrario, es la demostración concreta de que la inversión en educación, cuando es inteligente y está orientada a la mejora de la calidad del profesorado y a la atención personalizada de los niños y las niñas en edad escolar, da sus frutos. Otros países, sin embargo, siguen esquemas ideológicos, de pensamiento único y estático, y cosechan, a pesar del aumento del presupuesto en educación, el resultado que cabe esperar de tales planteamientos.
En efecto, año tras año, por una razón o por otra, España ocupa una de las últimas plazas en materia educativa del informe PISA, uno de los que tienen, en este momento, mayor credibilidad y prestigio. Finlandia, en cambio, se sitúa a la cabeza. Las causas del desaguisado son bien conocidas y en este tiempo, tras la publicación del mentado informe, alimentan toda suerte de comentarios y reflexiones
Desde este punto de vista, si analizamos las razones que han llevado a Finlandia a la cabeza de la clasificación es probable que advirtamos por qué entre nosotros las cosas van tan mal en materia educativa. Veamos.
Los finlandeses no es que tengan una renta per cápita muy superior a los españoles. Apenas son un 13,7 %  más ricos que nosotros. Sin embargo, ellos invierten más en educación y se preocupan sustancialmente más por la formación y la preparación de los profesores y, sobre todo, en los colegios y escuelas se apuesta por una atención personal a los alumnos. En efecto, Finlandia dedica un 42 % más de gasto público en relación con el PIB y un 18,2 % más por alumno en enseñanza secundaria obligatoria. En materia de profesorado, los finlandeses exigen, para acceder al profesorado, un riguroso sistema de selección. Para muestra, un dato relevante: el año pasado una universidad de Finlandia solo admitió a 96 candidatos de los 1571 que se presentaron para licenciarse en educación, algo que por estos pagos sería insólito y hasta censurable. La preparación en pedagogía es bien relevante. De esta manera, el profesor tiene prestigio social y autoridad para dirigir el proceso educativo de los alumnos. Las exigencias y requisitos que se piden para acceder a la docencia básica y media en Finlandia son francamente altas. Eso explica que estos docentes tengan sueldos muy altos, muy superiores a los que se estilan en otros países de Europa. Por una razón bien clara: el futuro del país, que es la juventud, debe ser preparada por los mejores profesionales.
En España, la inversión pública en educación es baja, los profesores son los grandes olvidados de las autoridades y, por si fuera poco, poco o nada se hace para generar las condiciones que permitan al profesorado de bachillerato recuperar el prestigio y autoridad precisos para llevar a buen puerto la tarea educativa. Es verdad, no se puede olvidar, que la ley Wert, bien reciente, va en esta dirección, lo que es de aplaudir y saludar positivamente aunque habrá que esperar un tiempo razonable para saber si la reforma consigue los objetivos previstos.
En el Reino de España, tal y como acreditan recientes estudios de la OCDE, el fracaso escolar es más alto, mucho más alto que el de Finlandia. Se calcula que, entre nosotros, con un porcentaje del 70 % de enseñanza pública, el abandono escolar es del 30 %, mientras que en Finlandia, sobre un 94 % de enseñanza pública, la tasa de abandono apenas llega al 10 %. Otro dato para la reflexión: mientras que los alumnos finlandeses tienen 6.100 h y dedican una hora diaria a los deberes, los españoles tienen más horas lectivas, 7.700 y dedican una media de dos horas a los deberes.
Estos datos deberían hacer pensar a las autoridades educativas para reconocer la magnitud de la situación. Pues bien, una vez que se constata el problema, es necesario, de nuevo, abrir un gran debate nacional que termine con un gran pacto en el que se determine con claridad la necesidad de diseñar una nueva política educativa más acordada entre todos que devuelva a España al lugar que le corresponde. Es verdad que el actual ministro ha intentado el acuerdo aunque no se ha conseguido porque todavía, en el otro lado, los defensores del pensamiento único y estático prefieren mantener la posición, el inmovilismo en una palabra. La educación, todos lo sabemos, tiene mucho que ver con la calidad de la democracia. Cuanto mejor sea el nivel educativo, mejor será la cultura cívica y las cualidades democráticas y ciudadanas estarán más presentes en el espacio público. Si queremos mejorar la calidad de la democracia, mejoremos la educación. Pero de verdad, como hacen otros países.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático
de Derecho Administrativo

 

EL MODELO FINLANDÉS