La estrategia (política) del caracol

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Hay determinadas posiciones que, si se analizan de forma pormenorizada, resultan muy difíciles de comprender. Por mucho que en política el mal ajeno se pueda traducir siempre en votos favorables, no es posible que todo valga con tal de desprestigiar al contrario y mucho menos si esta actitud puede suponer un claro perjuicio para todos los ciudadanos.
Esto es, poco más o menos, lo que está sucediendo en torno al informe del Parlamento Europeo sobre las rías gallegas. A estas alturas, no hace falta que venga ningún eurodiputado a convencernos de que las rías padecen niveles de contaminación inadmisibles. Ni tan siquiera es necesario que nos digan lo mal que lo han ido haciendo, uno tras otro, todos los gobiernos. Ni ayuntamientos, ni diputaciones, ni Xunta, ni Gobierno central se han preocupado hasta el momento por mejorar una situación indescriptible.
Ciudades como A Coruña están comenzando a poner en marcha su depuradora y otras, como la de Vigo, ni tan siquiera funcionan de un modo correcto. Una vergüenza que no es necesario que nos recuerden desde Bruselas.
Hasta aquí todo el mundo podrá estar más o menos de acuerdo y es evidente que la situación no se puede prolongar en el tiempo más allá de lo estrictamente necesario.
Por ello, resulta sorprendente que en lugar de alegrarse por el hecho de que los responsables se hayan puesto manos a la obra para solventar esta situación o incluso por que la comisión inste a la UE a destinar más dinero al saneamiento de las rías, haya quien se tire de los pelos y maldiga porque, en sus conclusiones, los europarlamentarios no pidan responsabilidades a los gobiernos español y autonómico.
Unas responsabilidades que, en el peor de los casos, pueden llegar a suponer la devolución del dinero aportado por Europa y que, en caso de tener que ser reintegrado, saldría del bolsillo de todos y cada uno de los ciudadanos.
Porque, al final, esa parecía ser la intención última de los representantes políticos del Bloque, más preocupados de que haya una sanción que de que se seaneen las rías. Al menos eso es lo que parece por sus intervenciones y valoraciones de las conclusiones a las que llegó el Europarlamento.
De cualquier modo, ni tan siquiera puede llamar la atención este comportamiento si se tiene en cuenta que hasta Almunia, el hombre que apremió a España a devolver el dinero del Tax Lease y se mostró inflexible sobre posibles plazos o rebajas, ha tenido que ser requerido por sus compañeros para que sancione a unos cuantos clubs de primera, entre ellos el de sus amores, el Athletic de Bilbao, por recibir ayuda ilegales. Ahí el puño de hierro se tornó guante de seda y las sanciones durmieron meses en un cajón. Así nos va.

La estrategia (política) del caracol