Estamos ensimismados

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Hace poco tiempo, un familiar mío, ausente varios años de Ferrol, y a quien acompañaba una persona forastera, visitaba de nuevo la ciudad. Le propuse, antes de ir a comer, dar un paseo por el Barrio de la Magdalena, para mostrarles el actual estado de uno de los pilares de la “Ciudad de la Ilustración”, que aspira a ser Patrimonio de la Humanidad. Se hospedaban en el Parador y, desde el Paseo de Herrera, las vistas de la Base Naval ferrolana, el Arsenal y el Cuartel de Instrucción, con sus edificios del Siglo XVIII perfectamente conservados, parecían ser un buen comienzo del proyectado periplo turístico.
Pasado el edificio de la sede de la antigua Capitanía General del Departamento Marítimo, el paisaje urbano comenzaba a cambiar. Aunque todavía no eran las dos de la tarde de un día festivo, las calles estaban semidesiertas. Ya en la plaza de Amboage, la forastera me comentó: “Pero, ¿cómo es posible que, con este trazado tan rectilíneo y racional de las calles, éstas estén tan deterioradas y los edificios tan abandonados de conservación?”. Intenté darle una explicación basada en la crisis económica y la despoblación de Ferrol, argumentos que no parecieron convencer a mi interlocutora. El paseo, hasta la Plaza de Armas por la Calle Real, con una gran cantidad de establecimientos comerciales cerrados, abandonados y sucios, no parecía ayudar a las explicaciones que yo continuaba dando a mis acompañantes, insistiendo en la falta de presupuestos municipales, el cierre forzoso de los comercios por inviabilidad, la drástica caída poblacional, la falta de trabajo en los astilleros, etc., lo hacía que Ferrol permaneciese en este estado, que yo califiqué de “ensimismado”. “¿Y con ese estado de las calles y los edificios del principal barrio de la ciudad pretendéis que la Unesco os conceda el galardón de “Patrimonio de la Humanidad”?”—me dijeron. Y uno de ellos insistió: “En cuanto llegue aquí la comisión encargada de evaluar la viabilidad del proyecto se mostrará horrorizada ante el estado de abandono general en la ciudad”. No tuve más remedio que darles la razón.
Tras almorzar en un restaurante de la ciudad, con un magnifico y típico menú de marisco y pescado, una visita al Museo de la Construcción Naval y finalizar con unos vinitos por la “zona húmeda” ferrolana, en los establecimientos hosteleros de las calles Sol, María o Magdalena, conseguí de ellos un concepto mas positivo acerca de Ferroliño. Después de despedirnos, cuando caminaba hacia mi domicilio, aquella intensa jornada me hizo reflexionar. No hay duda alguna que todos, o casi todos, los ferrolanos amamos a nuestra ciudad y queremos para ella lo mejor. A priori, parece haberse logrado este consenso, incluso entre las fuerzas políticas de todo signo. No ha mucho se firmaba un documento conjunto entre cinco alcaldes, incluido el actual, para lograr el objetivo común del nombramiento de “Ferrol, Patrimonio de la Humanidad”. Pero, ¿solo con la voluntad será posible? La respuesta es que no. Se necesitan medios económicos y “restaurar” físicamente la ciudad. Seguimos ensimismados. Hay que despertar. 
 

Estamos ensimismados