Mutuos excesos

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El Colexio Oficial de Xornalistas de Galicia y la Asociación da Prensa de Vigo no han dudado en descalificar el “sensacionalismo” con el que la “prensa gallega” ha tratado el caso de Teresa Romero, la enfermera gallega afectada por ébola. Es evidente que el caso requiere un tratamiento especial, tanto por el hecho de ser la primera persona contagiada en este país, como porque pertenece al ámbito del equipo sanitario que atendió al religioso Miguel Pajares, repatriado desde, primera víctima mortal en Europa de lo que amenaza con convertirse en una pandemia, sin olvidar la propia circunstancia de que Romero es de esta tierra. Bajo estas vestiduras, es lógico que el tema suscite preocupación, motivo por el cual más obligada se hace la necesaria información, cuanto más objetiva mejor. Hasta aquí el papel de la prensa, sujeta como siempre a valoraciones, como cualquier otra institución social, que en cualquier caso no puede obviar los hechos aunque sí evitar generar un alarmismo innecesario que depende exclusivamente de la rigurosidad y la profesionalidad de informadores y responsables de los medios de comunicación.
Este “sensacionalismo”, sin embargo, no partió precisamente de los medios de comunicación, sino que tuvo ya desde sus inicios una fuente digna de alimentar lo que forma parte de una costumbre, o sabiduría popular si quieren, en este país, que no es otra que la de desconfiar de cuanto digan, en cuestiones tan sensibles, los que ostentan el poder, sean de un color o de otro. Podría ser el corolario de una situación, pero fue en todo caso el detonante. Las declaraciones iniciales del consejero de Sanidad del gobierno de la Comunidad de Madrid, Francisco Javier Rodríguez, que pusieron en duda tanto las declaraciones de la enfermera gallega –peor aun, la acusó de “mentir”– como el proceso preventivo para evitar el contagio –los famosos trajes–, como la propia gestión política, no hicieron más que alimentar las dudas sobre la capacidad de la sanidad pública de este país. Aquello de los “balones fuera”, dicho en términos populares, no siempre funciona. Y si no, que se lo digan a la ministra del ramo, que ha reconocido errores y ha visto cómo la propia vicepresidenta del Gobierno encaraba la situación. Las disculpas del primero al menos no admiten el perdón, ni por parte de la paciente y su entorno, ni por el conjunto de una sociedad que se muestra, naturalmente, preocupada y que tiene la perenne sensación de que no se le cuenta todo o no se le transmiten verdades a medias, es decir, mentiras. Al menos con respecto a la prensa, al lector siempre le cabe la posibilidad de escoger.

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