Ofender no es un derecho

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Alos autoconsiderados progresistas y liberales radicales no les ha gustado nada la reflexión del papa Francisco sobre los límites de la libertad de expresión a propósito del atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo. Es como si se les hubiera empezado agrietar el mito que a su medida venían construyendo. Y es que pretender ver una velada legitimación de la violencia por parte del obispo de Roma en el ejemplo del ya célebre puñetazo por la madre ofendida es sacar las cosas de texto y de contexto, amén de una conjetura disparatada.
No obstante, la reflexión del papa ha tenido la virtud de poner sobre la mesa la cuestión no menor y también clave de los límites en la libertad de expresión,  sin lo cual el debate público al respecto venía estando cojo por incompleto,  enfrascado medio mundo como estaba en la condena del atentado.
¿Y es que se puede agraviar gratuitamente como venía haciendo con frecuencia el semanario francés? ¿Se puede ofender, como se preguntaba el papa Francisco, la fe de los demás? ¿Se pueden cruzar impunemente determinadas líneas rojas, y no sólo de viso religioso?
Es vieja y general doctrina que ningún derecho fundamental es ilimitado y, por tanto, tampoco lo son ni la libertad de expresión ni las facultades que en ella se integran. Aquí, en nuestro país, tenemos una amplia jurisprudencia al respecto. Al igual que también la hay parte del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en base al correspondiente Convenio Europeo.
Como, por su parte, enfatizó el obispo de Roma en la conversación con los periodistas que le acompañaban días atrás en su viaje a tierras asiáticas, todos tenemos la libertad, el derecho e incluso la obligación de decir lo que pensamos para ayudar al bien común. Pero sin ofender. Ofender no es un derecho. Parece elemental, pero si no lo recuerda el papa Francisco, el tema muy probablemente ni se habría públicamente planteado.
El director del prestigioso semanario alemán Die Zeit, de tendencia social-liberal, Josep Joffe, señalaba estos días, no sin razón, que cuanto más religiosa sea una sociedad, más respetará la religión; la propia y la ajena. Y eso es lo que ocurre: que, por su descristianización, en esta Europa nuestra las creencias se ridiculizan y denigran en mayor medida que en otras latitudes.
Y ponía el ejemplo de Estados Unidos, donde no se concibe nada parecido a los excesos de Charlie Hebdo y donde el porcentaje de población que cree en Dios y que va regularmente a una iglesia es mucho más alto que en nuestro viejo continente. Lo cual demuestra también de paso que modernización y progreso no están necesariamente reñidos con la fe.

Ofender no es un derecho