Lo que no puede ser

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Ala vista de la campaña desatada por el soberanismo catalán, decidido a una declaración unilateral de independencia es obligado reconocer que, contra este desafío al Estado, son inútiles los intentos de frenar semejante delirio recurriendo a apoyos de líderes e instituciones europeas e internacionales, cuando los términos de la ley ordinaria y constitucional española son claros e inequívocos a este respecto. Es obvio insistir en que la soberanía nacional reside en el conjunto del pueblo español y que España es la patria común e indivisible de todos los españoles.
Pero esos razonamientos caen en saco roto si se desconoce la naturaleza del fenómeno nacionalista separatista. Este fenómeno se caracteriza por su irracionalidad, fanatismo, intolerancia y sectarismo, con arraigo en los sentimientos más originarios y primarios de la humanidad. Tiene un sentido tribal y, aplicado a Cataluña, resulta una impostura pues es evidente que, demográficamente, no se pueden esgrimir argumentos identitarios de dicha Comunidad, cuando más del 50% de su población no es de origen y ascendencia catalana. 
Pero esta característica no importa al proceso de secesión que vino gestándose en dicha Comunidad ante la pasividad e inercia de los sucesivos gobiernos españoles.
Quienes confíen en que esa corriente puede detenerse con pronunciamientos y declaraciones de los distintos sectores sociales, económicos y políticos de la población española que la contradigan, desconocen que la principal característica del separatismo y, su principal aliado, es precisamente el “victimismo”. Es innegable que, tanto el victimismo como la dialéctica del agravio permanente real o imaginario son las dos grandes fuerzas que alientan el fenómeno separatista. Este, para cohesionarse y desarrollarse tiene que  inventar, si no lo tiene, un supuesto opresor del que hay que desprenderse e independizarse.
Finalmente, son de destacar las palabras del filósofo Fernando Savater, cuando refiriéndose a fórmulas más o menos imaginadas para resolver el problema de los nacionalismos, sostiene, después de hacerse eco de la definición lacaniana del amor que consiste en “dar lo que uno no tiene a alguien que no lo quiere”, termina afirmando que “lo único no permitido por el momento es que una autonomía, o sea, una dependencia del Estado de derecho, invente una nacionalidad distinta para sí, excluya a los compatriotas del derecho a decidir sobre lo común y los convierta en extranjeros desposeídos educativamente de su lengua y de otros derechos fundamentales”, concluyendo que eso es, precisamente, lo que pretende el nacionalismo catalán.
A la vista de los acontecimientos y su gravedad, actuar con tibieza, es agravar la solución del problema. Y éste no tiene, en una sociedad democrática y pluralista avanzada, más solución que aplicar, sin titubeos y con todas sus consecuencias, el imperio de la ley. Sólo la ley y quien esté legitimado para dictarla y aplicarla puede poner dique a esta deriva nacionalista.

Lo que no puede ser