Recordar para hacer balance; vivir para esperanzarse

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El momento actual invita a bucear por los recuerdos, pero también a vivir para esperanzarse. Contrariamente a lo que nos pueda parecer es bueno recordar, cuando menos para no repetir errores de nuestra historia. También es saludable para seguir viviendo, con más alma que cuerpo, hacerlo despierto; sobre todo, para poder defendernos de las torpezas que nos podamos encontrar en el camino. Es la falta de ilusiones lo que nos hunde; porque la propia vida es eso mismo, un caer y un volver a renacerse. Claro que cuesta levantar el ánimo y no dejarse abatir por una realidad fermentada por las guerras y el sufrimiento. A veces pienso, que más que una leyenda somos un camino, pues cuando busco en mi memoria, siempre me hallo con aquellas vivencias, que casi nunca me dieron fortuna alguna, pero que sí me sirvieron como alas para levantar el vuelo, o si quieren para cambiar de actitud. 
Ciertamente, las actitudes son más importantes que las aptitudes, por aquello de que nuestro modo y manera de ser, y máxime cuando se trabaja en conjunto, es lo que nos permite avanzar como humanidad, humanizándonos cada día un poco más. He aquí un claro testimonio esperanzador, el que Naciones Unidas recuerda en su setenta aniversario, el esfuerzo global para acabar con el Ébola, la unidad de todos los Estados miembros para invertir en el futuro de nuestro planeta adoptando unánimemente la Agenda para el Desarrollo Sostenible con el fin de erradicar la pobreza y el histórico Acuerdo de París, con el que juntos lucharemos contra el cambio climático. Desde luego, tan importante como responder a las necesidades de las personas es cuidar y proteger nuestro exclusivo hábitat como bien colectivo. Es público y notorio, que muchos de los problemas actuales ya tienen que ver con el agotamiento de los recursos naturales. 
Sin ir más lejos, algo tan básico como el agua potable y limpia, indispensable para todo ser vivo, se viene deteriorando, hasta el punto que, algunos estudios, han alertado sobre la posibilidad de sufrir una escasez aguda dentro de pocas décadas. Esto nos indica que hemos de ser más cuidadosos y derrochar menos, cuestión educativa y cultural, porque no hay conciencia de la gravedad de estas conductas en un contexto de gran dejadez. Por eso, elogio la labor de la Comunidad española, ubicada en Granada, de Regantes de las Acequias y Aguas de los lugares de la Villa de Lanjarón, con la edición del libro “El hombre y el agua”, cuyo autor Baltasar Estévez Rodriguez, nos adentra en el desarrollo de la actividad tradicional de las acequias y su inclusión en el tejido productivo como un recurso turístico más, de recreación y respeto, utilizando sus caminos adyacentes a modo de senderos. Está visto, que conociendo nuestro hábitat no alimentaremos los vicios autodestructivos, intentando no verlos o no queriéndolos ver.
En efecto, es importante echar una mirada retrospectiva, además de mirar alrededor a las cosas nuevas que nos circundan, para poder interpelar nuestra imaginación y creatividad, sin obviar nuestra responsabilidad en los acontecimientos. Por desgracia, ahí queda en nuestra retina las inquietantes imágenes como la del cuerpo sin vida de un pequeño a la orilla del mar que simbolizó la difícil situación de miles de millones de refugiados, o las de personas en París, Beirut y Nairobi huyendo de ataques terroristas, o las de países arruinados por batallas incesantes. En cualquier caso, frente a los sentimientos xenófobos que han surgido, recordemos que más de un millón de personas huyeron a Europa en 2015 por conflictos, pobreza y represión; una cifra sin precedentes, va siendo fundamental reconocer la contribución positiva que hacen estas gentes en los pueblos en los que viven. Sin duda, la migración, como éxodo que irá en aumento, debe ser legal y segura para todos, tanto para los inmigrantes como para los países que los acogen.
A propósito, se me ocurre pensar en lo que decía la inolvidable estadista y política hindú, Indira Gandhi, en cuanto a ser de mente abierta y de corazón bondadoso, puesto que “con el puño cerrado no se puede intercambiar un apretón de manos”. Es verdad, en los momentos dificultosos de la existencia nuestra, y el actual no es distinta de los anteriores momentos de la existencia humana, no se debe encerrar uno a sí mismo, la actitud correcta es hacer pausas y recapacitar, no vivir alocadamente, sino más bien la de intentar enmendarse, sabiendo que todos necesitamos de todos. En ocasiones, será cuestión de adaptarnos a la nueva realidad, por eso hay que estar abiertos a la novedad; otras veces, para no privarse de la esperanza, deberemos mostrar una apertura de diálogo constructivo, de respeto y responsabilidad. Indudablemente, cuánto más se pone uno al servicio de los demás, más libre se siente uno y más alcance comprensivo tiene. Sea como fuere, cualquier ser humano no puede perder de vista el sentido profundo de su caminar y necesitará recuperar, en cada instante, la esperanza. Al fin y al cabo, lo que nos une es el camino de los días, cada cual con su específica identidad, que no hay porque esconderla o encubrirla, con el coraje preciso de la buena voluntad como semilla de fraternidad o, el mismo pensamiento, como semilla de acción.
A los seres humanos, verdaderamente, nos encanta recrearnos y nos crecemos. Así surge la ciencia o el arte. 

Recordar para hacer balance; vivir para esperanzarse