GALIANO, 24. INTRAMUROS

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Los huéspedes son la razón de ser de cualquier hotel, hostal, hospedaje o pensión que se precie. Así pues, como es comprensible, yo fui conociendo a toda una colección de personajes de muy diverso pelaje y condición que daban vida y color al modesto hotel donde me crié. El edificio era propiedad de don Cándido Rico, del comercio local, persona de amable y considerado trato. En los años setenta, las exigencias del Ministerio de Turismo obligaron a echar el cierre. Negocio esclavo donde los haya, el de la hostelería.
Pero repasemos aquella galería de especímenes. Los primeros, un matrimonio de lagarteranos que llamaban la atención en la ciudad vestidos con sus exóticos trajes de la comarca toledana de Lagartera. Vendían encajes y puntillas y ropas de cama y de vestir a una nutrida clientela a la que avisaban por teléfono, nuestro teléfono, el 2124, que echaba humo con tanta llamada. Venían, puntualmente, una vez al año. No les iba mal, no.
El personal más abundante era el de los viajantes, gremio sufrido, ciertamente, con sus muestrarios a cuestas, su labia para seducir al comerciante de turno y su vida errante, a salto de mata. Recuerdo a uno muy simpático, apellidado Flores y muy dado al arte del piropo: “Pisa morena, pisa, que donde pisas tú nacen manojos de claveles” era su preferido. Algo floreado en exceso, creo yo. De menor presencia era el grupo de jugadores del Rácing y otros equipos. El portero del Sevilla, por ejemplo, quiso “golear” cierta noche a una guapa telefonista de León, de nombre Raquel, que puso al guardameta en su sitio. Le falló el tiro, al portero.
Algunas figuras individuales. Así, don Cipriano Dobarro, sacerdote en la concatedral de San Julián, que tenía al parecer el récord de la misa más rápida, entre quince y veinte minutos. Misa en latín, por supuesto. Así también Rafael Taibo, de voz espléndida, que hizo brillante carrera en Madrid, en Radio Nacional de España y otras emisoras. O Rodrigo Pena, fijo durante muchos años y, si la memoria no me traiciona el último de los huéspedes del hotel.
Su hermano, Eugenio Pena, realizó un meritorio trabajo en la televisión de Galicia.
La precariedad económica era norma de aquella gente de higiene escasa y vestir menos que apañado. Era frecuente usar mantas o toallas para limpiar los zapatos, e incluso vigilar, poniendo una señal en la botella, el nivel del vino, que era realmente un extra, un lujo.
El hambre dejaba limpios fuentes y platos mientras se reclamaba más abundancia en el pan y las patatas fritas. Esto me recordaba al desdichadísimo Carpanta de los tebeos, de profesión su hambre insaciable, que tenía pesadillas nocturnas con un pollo bien adobado que se le desvanecía un día tras otro en su triste despertar. En el comedor se hacían y deshacían amistades, pero el personal iba a lo suyo: comer. A la hora de pagar no faltaban problemas, que se arreglaban…o no. A carcajadas, mi hermano o yo mismo gritábamos: “Hotel Sopapo. Cierren puertas y ventanas. Uno que se marcha sin pagar”. El listillo de turno se la jugaba, porque venía la policía y todo quedaba en orden. Faltaría más.
Una de las escenas que más me conmovían era el ver a las mujeres arrodilladas, fregando los suelos, trabajo degradante donde los haya y, además, nada respetado. La modesta fregona (invento español, por cierto), que se haría esperar, liberó a las mujeres de aquella esclavitud. Y en este sentido, la llegada de las primeras lavadoras fue un nuevo milagro. En el hotel tuvimos enseguida una, de tres palas y tres patas, de forma cilíndrica, que con solo un  puñado de jabón hacía blancas maravillas ¡Qué tiempos!. Aún se resistían a dejarnos las brillantes pero asquerosas escupideras, que no faltaban a las puertas o en los pasillos de grandes edificios. Pero la higiene se impuso, a Dios gracias, y desaparecieron, no fue sin tiempo.
Un “suceso” del que fui espectador voy a contarles. Remedios, la camarera, llevaba la sopera por las mesas del comedor para que los comensales se fueran sirviendo. Cuando estaba en ello don Eduardo, de edad provecta, lanzó un contundente estornudo y con el estornudo, a la velocidad de la luz, salió disparada su dentadura postiza que acabó aterrizando en la sopera. Remedios, exponente de la sufrida Galicia profunda, no podía concebir que una dentadura pudiese salir de su natural asiento y, al ver tan fantástico suceso, su espanto no tuvo límites, pues salió escopetada del comedor mascullando algo así como “ isto é cousa do demo, isto non pode ser cousa de Dios”.
Al tiempo, el sufrido don Eduardo buscaba afanosamente con el cazo aquello que normalmente tenía en su boca y que se le ocultaba entre el espesor de la sopa. Los comensales, estupefactos, no salían de su asombro, y este servidor de ustedes hubo de suplir a Remedios, que no se reponía del susto. De mis tiempos de camarero aficionado (mi hermano nunca estaba para aquellos menesteres) guardo aún cierta habilidad en el manejo de bandejas y otros elementos del menaje gastronómico. Dios me la conserve, que todo se va perdiendo y los tiempos son de conservar lo poco bueno que aún nos queda. Que así sea.

 

GALIANO, 24. INTRAMUROS