Camino peligroso

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L as actuaciones del presidente turco dejan más preguntas que respuestas, existen demasiados flecos sueltos. Hay analistas que se resisten a creer que un país perteneciente al flanco sur de la OTAN pueda actuar por su cuenta. En realidad, es algo difícil de comprender.
Cuando un país subscribe un convenio con una organización político-militar transnacional está sujeto a una serie de obligaciones, deberes y protocolos, lo cual significa que no puede tomar decisiones de carácter militar en solitario. 
Antes de hacerlo debe consensuarlas con la dirección política de la organización a la cual pertenece, puesto que si actúa por su cuenta estaría arrastrándola a un conflicto militar. Por otro lado, no es lo mismo un roce militar con un país de segunda categoría que tenerlo con una superpotencia, en este caso Rusia. Aquí el escenario es radicalmente diferente.
El presidente Erdogan juega con fuego, por lo tanto, corre el riesgo de quemarse. Pero no sólo él, sino de quemar también a los otros. Debería saber que su  proyecto otomano no es viable, que es una idea demencial,  que sólo cabe en la mente de un loco. Su ceguera le llevó a derribar un avión militar ruso, después decidió –hace sólo unos días– penetrar en el territorio de Irak con algunos efectivos militares. Sin duda, el comportamiento de este hombre es peligroso, hace que sea un político poco confiable. 
Pero en Europa –sobre todo los “bon vivant” de Bruselas– lo consienten, le toleran sus bravuconadas.   
Es difícil saber lo que se mueve detrás de bambalinas. Resulta un tanto extraño, incluso sospechoso, que al gobierno turco le permitan tales “licencias”. Es obvio que en el Medio Oriente –ya lo hemos mencionado en otros artículos– se están dilucidando posicionamientos geopolíticos importantes, incluso trascendentes. Lo que está sucediendo en esa parte del mundo va más allá de la simple lucha contra el terrorismo yihadista, existen demasiados intereses ocultos detrás del discurso oficial. Además de otros jugadores, que son los que en realidad tienen la batuta, no olvidemos que las viejas potencias coloniales europeas (Inglaterra y Francia) tienen sueños recurrentes con sus ex colonias. La UE es la tapadera, sirve de pantalla para esconder otras finalidades. “Non sanctas” precisamente.
Por otro lado, las guerras, además de cambiar los mapas geopolíticos, también sirven para que las grandes potencias prueben sus nuevas armas. Así, las fábricas de armamentos, pertenecientes a los complejos militares-industriales, pueden mostrar sus nuevas “creaciones”. Desde que se inventaron las guerras siempre ha sido así, lamentablemente. La mayoría de los conflictos bélicos –no todos– significan destrucción y dolor para los que los sufren y un gran negocio para los que los patrocinan. 
El negocio de las armas y de la guerra genera decenas de miles de millones de dólares anuales, aumentando considerablemente el PIB de las grandes potencias. Por lo tanto, los conflictos –los llamados de baja intensidad– son casi una “necesidad” para mantener las ventas.
Por sus responsabilidades, sobre todo con Washington, Ankara no está llamada a entrar en juegos bélicos, mucho menos con los rusos. Si el presidente turco decide saltarse el “libreto” podría provocar un conflicto a gran escala, que podría resultar en una catástrofe para el Medio Oriente, Europa, y quizá para el mundo. 
Días atrás el presidente ruso, hablando de la efectividad del misil naval Kalibr y del aéreo J-101, dijo que espera que estas armas de precisión nunca tengan que ser equipadas con ojivas nucleares para ser utilizadas contra el EI. Tales declaraciones, en clave militar, desbordan ampliamente el marco de la lucha antiterrorista. Son un aviso a navegantes. 
En los últimos años Ankara y Moscú mantuvieron relaciones estables, respetuosas, no de amistad, pero sí llenas de pragmatismo comercial. Pero las ambiciones geopolíticas del señor Erdogan fueron demasiado lejos. Debería ser consciente de sus posibilidades reales y dejarse de sueños imperiales e imposibles. Lo otro es un camino peligroso.  
 

Camino peligroso