Conscientes y decentes

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Nadie lo pone en duda hay cosas que son, sin discusión, una indecencia. Que la cuarta economía de Europa, según presumen nuestros gobernantes, tenga a tres de cada diez niños desnutridos; que más de un millón de familias no reciban ingreso alguno; que el setenta por ciento de los desempleados hayan perdido el subsidio y que la pobreza energética sea una pandemia, es una indecencia.
Que la ley de incompatibilidades sea un coladero para que algunos diputados y senadores se forren, es una desvergüenza (sinónimo de indecencia) y si hay uno que, manda carafio, preside la Comisión de Trasparencia, es además un bochorno para los ciudadanos. Que un teniente coronel afirme en la televisión –respecto al atentado de Kabul– que en el edifico de nuestra embajada no ondea la bandera por seguridad es, por lo menos, curioso. Que además cuente que buscar allí otro edificio es muy caro… cuando a un exministro le pagamos un magnífico piso en París, es una vergüenza.
Que la conocida como caverna mediática de Madrid acerque al mar al descerebrado que golpeó en Pontevedra a Rajoy es una indecencia, una inmoralidad y una desvergüenza, además de un golpe a la credibilidad de los profesionales de la información. 
Es una vergüenza que Europa nos señale como uno de los países donde la desigualdad ha crecido de forma insoportable y que aumentó el riesgo de pobreza en un país que presume de superar en crecimiento al resto de la comunidad. Es bochornoso que Europa tenga que investigar la “ley mordaza”. 
Hay miles de ejemplos que padece la ciudadanía de un número elevado de corruptos –investigados, imputados, en la puerta de los juzgados, en la cárcel– como para no tener especial cuidado a la hora de elegir a sus representantes y está el caso Baltar, a quien acompañaron Feijóo y Saez de Santamaría ante, espero, la vergüenza de sus simpatizantes.
Recuerda Félix de Azúa que el profesor Arruñada decía en una entrevista “que el problema son los votantes por la nula educación española y la vagancia que conduce a no informarse, a desconocer, a no comprobar y exigir”. Y es que aquí vamos a echar mano al refrán de don Genaro: si te engañan una vez la culpa es de quien te engañó. Si te engañan dos veces, hay que repartir las culpas y si te engañan tres… la culpa es tuya. El otro será un indecente, pero tú –además– eres un inconsciente.

Conscientes y decentes