MAR DE ETERNIDADES

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Nadie debería morir. Ni estar enfermo. Fue lástima –según tradición judeo-cristiana– que nuestros primeros padres, Adán y Eva, perdieran todos los dones naturales y preternaturales que compartían en aquel lugar llamado Paraíso. Cierto que no gozaban ni padecían y, por consiguiente, tampoco vivían. Así de poco les servía trabajar y sudar sin la recompensa del descanso. O Pandora, abriendo su curiosidad la caja por donde escaparon los males, salvo la esperanza.

Más o menos la enfermedad en nuestros cuarteles de invierno y verano sin abandonarnos nunca. El tabú mágico como principio de un tiempo recién inaugurado o la doctrina científica griega –motivaciones y causas naturales– expresada por los colegas hipocráticos: “discarisa” (si existía perturbación) o “eucrasia” (ausencia de enfermedad y buena salud).

El Chuac haciendo posible un buen régimen de sanidad pública y progresiva calidad de vida

 

Nombres que se apilan y tejen sistemáticamente el manto dorado de la medicina y cirugía actuales que desafían cualquier reto. Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, Medievo, Renacimiento. Médicos insignes, entre otros miles, Galeno, Avicena, Averroed, Maimónides, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Paracelso, Cardano, Baglivi, Sydenham. Doctrinas clínicas y patológicas.

Un tren con muchos y explosivos vagones de sabiduría y buen hacer que han aparcado en la estación terminal del complejo hospitalario universitario de La Coruña (Chuac), donde la preferente atención por urgencias se dispara y las intervenciones quirúrgicas refrendan milagrosas el esfuerzo y solidaridad de un personal altamente cualificado por su humanismo.

Asomado al mar de eternidades del golfo Ártabro, mientras fluye monótona la vida coruñesa en el espejo de su ría, se abre entregándose y haciendo posible –con grandes acierto y pocos fallos– un buen régimen de sanidad pública y progresiva calidad de vida.

MAR DE ETERNIDADES