Cachita Núñez

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Se acaba de morir Cachita Núñez, y creo yo que lo hizo con tino y muy a tiempo, con el ritual pausado y lúcido que daba a su conversación, ese frasear de sus palabras con cadencia persuasiva y confidente, tantas veces coronando estrambotes de la vida, y de la poesía, y de la pintura, su pintura… Y porque, seguramente, empezaba a darle algo de pereza llegar a los cien años tan pimpante y risueña, tan memoriosa y vitalista, tan rebosante de ingenio y curiosidad. 
La última vez que nos vimos, hace apenas un año, fue a pie de calle, muy cerca de su casa, en la Plaza de España, y aquella conversación, breve pero vivísima, ahora ya testamentaria, resultó como siempre un destello luminoso de inteligencia sentenciosa, larga ironía y un expresivo dibujo de los afectos coronado de sonrisas y cierta complicidad. 
En mi casa, cuando era niño, se hablaba de Cachita desde una conclusión admirativa en la que se entremezclaban su tono provocador, rompedor, su gusto por las artes, casi por la bohemia, sus aficiones literarias, su punto extravagante y seductor, en realidad, la exhibición toda y desnuda de una personalidad singular, y además en femenino, de mucho mayor creciente mérito sobresaliente. 
Pasados los años, cuando tuve oportunidad de conocerla y tratarla más en proximidad y de primera mano, compartiendo conversaciones sosegadas, y a veces también, en alguna medida, confidentes, no sólo confirmé del todo aquellas evocaciones infantiles que me recordaban la imagen idealizada de una mujer extraordinaria, cuanto que un rapto de admiración siempre mayor, cada día más crecido, acabó por hacerme reconocer en el convencimiento de que, a través de Cachita Núñez, desde su presencia y su conversación, fluía con naturalidad el arte y la literatura, la historia y la vida misma, toda, entera, cotidiana, dueña además de un riquísimo y variado anecdotario que salpicaba sus palabras con vivo ingenio, simpatía y generosa amenidad. 
Acogida a la misericordia de Dios, Cachita Núñez habita ya en ese alén ignoto e inefable que a todos aguarda, y a mí me sobrecoge la emoción de su memoria, claro que tanto como por igual tengo alegría por su vida y por su recuerdo, y gratitud para cuantas veces compartí conversaciones inteligentes y chispeantes alrededor de su mesa camilla. Fue un placer, Cachita, un placer perdurable, y también un privilegio. 
Las cosas, la vida, siguen, claro, pero ya no las contará Cachita Núñez, y no es lo mismo, qué va, de ninguna manera.

Cachita Núñez