El colmo del cinismo

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Ajustar la historia al deseo de unos cuantos es peligroso. Y en algunos países del este de Europa hay grupos que tratan de reescribir el pasado, de cambiar el relato por otro que responda mejor a sus intereses.  
Los que gobiernan la Polonia de hoy están empeñados en modificar lo ocurrido allí entre 1939 y 1945.  Y para lograrlo no se detienen ante nada ni ante nadie.  Semejante locura solo puede entenderse desde el fanatismo, desde el odio, pero nunca desde el sentido común.
El parlamento polaco acaba de promulgar una ley que prohíbe relacionar el país con los campos de exterminio nazis. Es decir, quieren que cuando se mencionen esos lugares de muerte desaparezca la palabra “polacos”.  Y uno se pregunta ¿entonces dónde fueron levantados esos campos? 
La ley es tan falaz como cínica; es tanto como decir que ni Auschwitz ni Treblinka estaban en Polonia.  Aunque seguramente la mayoría del pueblo polaco no compartirá semejante despropósito, nunca faltarán los tontos o los fanáticos que lo crean. Siempre sucede.
La ley tiene tela marinera, como diría un andaluz. Tipifica como delito decir la verdad, incluso con penas de cárcel. Mal negocio para la libertad. Si hay leyes que insultan a las víctimas y reprimen la verdad, esta  es una de ellas. Es tan grave y esperpéntica, que desde el punto de vista moral se descalifica sola. 
El disparate fue incubado por el partido Ley y Justicia, que es el que gobierna en Polonia. Nada menos que una organización política de confesionario, de esas radicales que poco o nada tienen que ver con el cristianismo. Al menos con el verdadero. 
La ley de marras, como era de esperarse, causó un gran revuelo. Primero, en las organizaciones que defienden la libertad de expresión. Y segundo, como no podía ser de otra manera, en la comunidad judía mundial. 
Dicho revuelo obligó al presidente de Polonia, el señor Andrzej Duda, a pedir perdón. Pero aquí viene la otra parte, la más obscena si cabe. Cambió el guión, utilizando igualmente a los judíos, para solicitar el “perdón” por los 20.000 judíos que fueron expulsados de la Polonia comunista en 1968. Lo que significa que este señor se fue de rositas, ignorando olímpicamente responder a un problema que su partido creó.
Curiosa forma de evadir una responsabilidad, de sacar balones fuera. La manera de “arreglarlo” fue una burla, un insulto. Y no sólo para los millones de judíos que perecieron en los campos de la muerte en su país, sino que es un agravio a la decencia. Pero lo más preocupante es que la Europa de los tan cacareados valores hace la vista gorda. Al parecer no está ni se le espera.
Lo que dijo el presidente polaco no hay por donde cogerlo, ni siquiera con pinzas. Sencillamente no es presentable. El cinismo de desviar el problema no tiene nombre, es una infamia en toda regla. Lo que nos demuestra el pobre nivel intelectual de algunos políticos.
Es innegable que la mayoría de los polacos lucharon tenaz y heroicamente contra los nazis. Pero también hubo un grupo, incluso más numeroso de lo que la gente cree, que aplaudieron las barbaridades que hacían las Wafen SS. Pero unos cuantos miles no son ni representan la mayoría.  
En todo caso, tratar de cambiar los hechos no es una forma muy elegante de asumir el pasado, ni de arreglar cuentas con él. Se puede omitir –para no incurrir en delito– el nombramiento del país de cualquier escrito que se refiera a los campos de exterminio, pero eso no cambiará la geografía ni la historia.
La mentira puede ser rentable durante un tiempo, pero no todo el tiempo. Y por muy lobotomizada que esté nuestra sociedad, que lo está, al final la verdad siempre se abre camino. 
Si los nazis hubieran ganado la guerra es más que probable que los pueblos eslavos, entre ellos el polaco, y por extensión los que tratan de modificar el guión,  no existieran hoy. No hay que olvidar que en su locura, los nazis creían que solo las personas “arias” tenían derechos. Los demás eran “untermenschen”, es decir, subhumanos. 
Por lo tanto, no es una buena idea cambiar ni modificar nada de lo ocurrido. Ni siquiera los puntos o las comas. Se puede repetir.
 

El colmo del cinismo