El caganer

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Desde mi atalaya, miro hacia Cataluña y veo a un tío agachado en un campo, en cuclillas y con los pantalones bajados hasta más allá de las rodillas, a resguardo tras un árbol. Se parece mucho a un muñequito que pongo todos los años al lado del portal de Belén, tras un hermoso ejemplar de palmera. No hay lugar para la duda: tanto el uno como el otro están cagando.
El del nacimiento no tiene nombre; es, simplemente, el caganer. El otro, el cagón que diviso en lontananza, se llama Mas. Mientras la tradición catalana dice que el caganer trae suerte, el otro atufa con su mierda a todos aquellos que confiaban en él para decir en las urnas que querían ser independientes. Ahora, cada una de las urnas lleva en su interior una muestra fecal de su héroe, prueba incontestable de su bajada de pantalones. No seré yo quien surta a Mas de papel higiénico; ya puede coger una papeleta para votar. O un cardo, si quiere.

 

El caganer