LOS ANALISTAS Y LOS 20 MILLONES DE POBRES

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La asociación Intermón-Oxfam acaba de hacer público un estudio que señala que a mediados de la próxima década el número de habitantes de este país en situación de pobreza alcanzará los veinte millones de personas. En contraposición, a fecha de hoy, el mismo informe revela que los ricos ganaron desde el inicio de la crisis –también en nuestro país– dieciocho veces más que antes de iniciada, cuando la “rentabilidad” de sus inversiones situaba en cinco esta proporción. Evidentemente, la recuperación de la economía juega solo para unos pocos.
Los analistas económicos, no precisamente los de Oxfam, insisten en que hay datos concluyentes, que la inversión extranjera en España se está recuperando, que crece el interés de los inversionistas foráneos y que, en buena lógica, quien más tiene, más tendrá. El Telediario informa continuamente de esta situación. El analista de inversiones es el recurso obligado para abordar la macroeconomía y analizar los signos de recuperación con el objetivo de incentivar las expectativas que le interesan. El analista, lógicamente, no interviene en el proceso de empobrecimiento, solo en el de enriquecimiento. Se hace rico quien ya lo es, o quien tiene posibles –como se decía antes–, en un coto vedado en el que no puede participar ni jugar ese más de un 20 por ciento de la población de este país que ya se constata que está en situación extrema de pobreza. Un porcentaje que, utilizando solamente baremos de aproximación, puede superar de largo el 40 en cuestión de una década. La perspectiva asusta solo por el hecho de que, de continuar la tónica, se tenga la plena certeza de que esto acabará sucediendo, no porque sea una cuestión de estadística sino porque el actual sistema aporta tal certeza de que se sostendrá –y posiblemente se recrudecerá en sus máximas– durante todo este tiempo.
En pocas palabras: o se produce un cambio cualitativo y cuantitativo en la economía española, que es tanto como abordar la obligada cuestión política, o las previsiones serán algo más que una realidad. Asusta llegar a esta conclusión, más vestida de certeza y comprensión, que de incertidumbre.
Y es que, si cupiese algún tipo de duda de que lo que se prevé no será así, de que las grandes y medianas fortunas no solo no continuarán creciendo sino de que no repercutirán en otra cosa que en distanciar todavía más los dos estatus sociales que ya definen a este país, podríamos albergar todavía algún indicio de esperanza. Lamentablemente, el proceso de enriquecimiento privado no tiene nada ver con la situación individual de quienes forman parte de, en este caso, el lado oscuro, pero el más ostensible, de una realidad que, por motivos que se me escapan –es un decir–, hacía ya tiempo que no creíamos que llegase a ser tal. Por el momento, lo cierto es que no hay “Analistas sin Fronteras”.

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