GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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Muchos años después, frente a la noticia de la muerte del maestro, el escritor habría de recordar aquella tarde remota en que lo leyó por primera vez. El mundo volvía a parecer tan reciente que para mencionar las cosas había que señalarlas en las páginas de aquel libro.
La soledad dura ya más de cien años y durará mucho más. Más despoblado quedó Macondo, donde no se recuerda una tristeza mayor desde los funerales de Mamá Grande. Gabo emigró como las aves y como los hombres. También la crisis llegó a Macondo. De ella acaba de partir un genio del idioma para alcanzar una pureza de aire mítico. Nosotros, acá abajo, cada vez nos quedamos más pobres. Tal vez ya ande Gabo trabando alguna plática con Leopoldo María Panero, convenciéndolo de que la vida no es solo la desgarradura del vampiro o la culpa del pelícano. Tal vez  -¿y quién puede decir lo contrario?- se funda ahora en un abrazo con Rulfo, que regresa de una farra tequileada con Juan Luis Panero y Michi. Tal vez el perdón haya sido por fin posible entre los hermanos.
Mientras, en nuestra miseria de acá, suenan palabras como las de la congresista colombiana que pronosticó que pronto el maestro se reuniría en el infierno con Fidel Castro. Se ve que no estaba en sus cabales la señora Cabal. Mire doñita, en el infierno más bien nos quedamos nosotros, usted y yo y el resto, en este infierno de candela despiadada y de harpías como usted. Es lo que ocurre cada vez que nos abandona un hacedor de belleza como lo fue el primer habitante de Macondo, cuando Macondo no era siquiera un aledeúcha ínfima de veinte casas miserables, sino un lugar en la imaginación de un hombre. Pero, bueno, reproches sombríos cayeron también en su momento sobre la monumental figura de otro hacedor de maravillas llamado Borges, al no haber condenado nunca públicamente la dictadura argentina. Y es que ganas tienen de escarbar  en la basura los que no escrutaron nunca las bibliotecas y no vieron nunca, por ejemplo, la infinita biblioteca de Babel de aquel Tiresias argentino. Parece que los ciegos eran ellos.
Se fue Gabriel García Márquez con vallenatos y boleros en el alma, con el olor a salitre del mar tropical y a esa humedad compañera del viento que hacía sudar al paisaje y a la piel. Poco a poco había ido perdiendo la memoria de este mundo. Trágico destino para quien había trabajado con la memoria para forjar una memoria futura de los que le sobreviviríamos. Pero para quien se atrevió a insuflar vida a una moderna mitología única no se podía esperar otra cosa que una maldición trágica, caprichosa y funesta.
Ese Prometeo caribeño sabía que los dioses todavía juegan con nosotros y, sobre todo, con los que se ponen a su altura cuando hablan. Cuando esos dioses maledicentes, envidiosos y mediocres se ponen por medio, todo amor con la vida es un amor contrariado y todo sabor el de las almendras amargas. Pero a los amores que aguantan el chaparrón de los tiempos hostiles, les aguarda una victoria postrera.
Se acabó el laberinto del escritor. El nuestro se agranda ahora que volvemos a sentirnos sin rumbo. Ahora nos toca esperar, como el coronel, que nos llegue una carta que no llega. Ahora nos toca abrazarnos a una ilusión cercana, a una corazonada de triunfo local, a una pelea de gallos inocentes cuyo destino no justifica la mano que los arroja a la victoria o a la muerte. ¿Llegó la carta? No. La carta no llega, no llegó, no llegará nunca. Ya no habrá nuevas noticias y para encontrar un camino, tendremos que ir a rebuscar en las viejas historias, en los libros que se van haciendo viejos sin llegar a morir. Pero esos mismos libros, no lo olvidemos nunca, nacieron de muchas muertes, de infinitas historias relatadas por los vivos de entonces, de criaturas anónimas que dejaron una palabra, un acento, una señal, con la modestia de no haber añadido un nombre.
Los grandes, como Gabriel García Márquez,  sabían que su cultura era eminentemente popular, y por eso su gratitud hacia esos anónimos congéneres es infinita. El escritor siempre supo que, más allá de su firma y de su fama, todo volvía al sencillo misterio de una infancia correosa y pletórica en contrastes, donde la primera música llegó con el nombre del pueblo, A-ra-ca-ta-ca, y donde el mundo era tan reciente, que “muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ