El vendedor de alegría

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Budú fue quien me puso en contacto con el brujo Bienestar. Budú es un negrazo alto. Sobrepasa los dos metros. Cordial. Tallado en ébano. Cumple el canon de Policleto mientras sonríe con dientes blancos que iluminan la mañana. ”Vaya a ver a mi amigo. Consúltele sus problemas. Es un mago africano especializado en magia negra. Domina las técnicas del vudú. Descubre el futuro. Adivina el porvenir por quiromancia-lectura de las rayas de la mano-o consultando los naipes del tarot. Nada se oculta a su experiencia contrastada. Encima cobra poco…”.
Me resistí en un principio. Soy hombre de estudios, aunque pequeñitos, y no quería ser tomado por ignorante. Al fin y a la postre si no creo en el catolicismo, siendo la religión verdadera, menos voy a practicar un culto mágico y fetichista, donde son duchos los negros de las Antillas y del sur de Estados Unidos… Pero, claudiqué.
Más por curiosidad que fe. Acudí a la cita. Un piso modesto de las viviendas de pescadores de San Pedro de Visma. Al principio, desde oscuridad aromatizada por pebetero, me habló de los viajantes de comercio y su ingrata vida como el Willy Lhoman, de Arthur Miller. Después aludió a triunfadores que dotaron de calzado a los nativos de Senegal, vendieron neveras y frigoríficos a los lapones y hoy, gracias a la publicidad televisiva, venden mercancías que no sirven para nada.
Más tarde ahondó en remedios para superar la depresión. Necesita, explicó, encontrar al vendedor de alegría. Anda perdido por ahí y atiende a quien lo necesita con estupenda relación calidad precio. Incluso, al margen de cortes completos, brinda retales sobrantes para adoptarlos a cualquier situación. No hay efecto sin causa. Acontecido el suceso le aplicas tu reserva alegre. Por ejemplo, ¿triunfa el Depor?, pues como apósito lo recubres de alegría…

El vendedor de alegría