Convidados de piedra

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Debe ser frustrante la pertenencia a una organización y no poder elegir a las personas que están al mando, que es lo que sucede en los partidos políticos. De ello podemos deducir el alto grado de desencanto al que están expuestos sus afiliados.    
Es triste que las personas que militan en los partidos –al menos en la mayoría de ellos– no decidan ninguna cuestión importante. Aunque todos sabemos que la afiliación es un acto voluntario, no deja de ser descorazonador. Debe ser incómodo, hasta irritante, no tener voz ni voto para dilucidar asuntos vitales como puede ser la elección de un secretario general. Los militantes, que son la gente anónima que tira por el partido, se convierten así en una especie de convidados de piedra.
Lo ocurrido hace unos días en el PSOE es una muestra fiel de lo que sucede en este tipo de organizaciones. El proceso de destitución de su secretario general se convirtió en un vodevil, además de un ninguneo funambulesco a sus afiliados, lo que demuestra que las elecciones primarias deberían ser obligatorias por ley. No es de recibo que un partido político, en un acto voluntario, ponga en marcha un proceso de primarias para elegir a su secretario general y más tarde –cuando no convenga a los intereses de un determinado grupo– se lo salte a la torera.    
Tampoco es aceptable, al menos en términos de calidad democrática, que las personas que dirigen algunos partidos hablen en nombre de los afiliados sin haber sido electas por estos últimos; hacerlo sin la debida legitimación de los votos es simplemente practicar la demagogia. Nadie sin ser electo, mediante un proceso limpio y transparente, está autorizado para hablar en nombre de un colectivo político, en este caso en nombre de los militantes. No pueden existir ni libertad ni democracia si no se respeta el sentir de los de abajo, habida cuenta que un partido no está formado sólo por la dirección o las ejecutivas, sino que lo conforman muchas otras personas. No hay que olvidar que las bases son el alma de cualquier organización política, sin ellas y sin su participación activa no podrían existir, por lo tanto, hablar de democracia sin tenerlas en cuenta es simplemente montar un falso espectáculo. 
La militancia debe y tiene que jugar un papel muy importante en todos  los partidos, sin excepción. Mal asunto –como ocurre hasta ahora– si no se le tiene en cuenta, además, es la única manera de que las decisiones  internas sean limpias y transparentes. Muchos políticos se  llenan constantemente la boca hablando de los valores democráticos, sin embargo, a la hora de la verdad se olvidan de ellos, no practicándolos ni aceptando la más leve crítica a sus acciones. Cuando lo que se dice no guarda ninguna relación, ni con lo que se hace ni con lo que siente, se entra en una gran contradicción llamada cinismo.
En todo caso, ningún debate –en ningún partido– se debería llevar a cabo sin la participación de la militancia. Hacerlo sin su consentimiento, obviándola sistemáticamente, no es transparente y mucho menos democrático. Hablar de participación, de igualdad y de otros derechos, es hablar de cosas sin sentido si no se practican, en realidad, pierden todo su valor, suenan a engaño, a manipulación. Ninguna organización –digan lo que digan– de carácter político puede ser realmente democrática si su funcionamiento interno no es. 
La democracia significa algo más que unas cuantas palabras bonitas, o unos slogans trillados, la democracia hay que ejercerla, ponerla en práctica en la organización interna de de cada partido, demostrar que se siguen ciertas reglas, lo cual significa conceder el derecho a expresarse a las personas que defienden visiones y opiniones diferentes. Si no es así, es decir, si se conculcan las diferencias, los distintos modos de ver las cosas, entonces la democracia se convierte en una quimera, en una fantasía, en suma, en una cuestión irrelevante. Por lo tanto, el ejemplo debería empezar por la casa.
Las direcciones de los partidos no serán verdaderamente legítimas hasta que sean elegidas en procesos directos, abiertos y democráticos. No hay otra.    
 

Convidados de piedra