La debilidad del Estado mexicano frente a los cárteles

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La imagen del presidente de México, Andrés López Obrador, reconociendo casi entre lágrimas que el Estado decidió poner en libertad al hijo de El Chapo Guzmán para que los miembros de su poderoso cártel no provocaran una masacre entre la población, dan una idea de cuanto poder tienen los narcotraficantes. López Obrador, desde su acceso al poder, se planteó la lucha contra las mafias organizadas desde el derecho, no con un planteamiento de guerra y enfrentamiento. Buscaba, evidentemente, quebrar las macabras estadísticas que convertían a México en uno de los países con mayor número de muertes violentas del planeta.

Sin embargo, esta estrategia parece que tampoco consigue sus frutos. Esta misma semana, al menos trece militares murieron en una emboscada del Cártel Jalisco Nueva Generación, en Michoacán. A los pocos días, 14 civiles y otro soldado fallecieron en un tiroteo en Iguala, en el Estado de Guerrero, en un suceso que aún está siendo investigado pero que se relaciona con el tráfico de drogas y, por último, las imágenes de terror de Culiacán, fueron el último varapalo para el Ejecutivo, en una semana trágica.

Tiene razón López Obrador cuando asegura que no se puede apagar fuego con fuego, y que por eso avaló la decisión de liberar al delincuente, buscado por las autoridades norteamericanas desde hace tiempo, seguramente para ponerlo a buen recaudo como ya está su padre. Pero también es cierto que con su determinación lanza un mensaje inequívoco de debilidad a quienes no les importa sembrar la muerte y el terror para extender sus imperios delictivos. Parece evidente que la medida terminará pasándole factura a Obrador, cada vez más cuestionado en su propio país.

La debilidad del Estado mexicano frente a los cárteles