Las prisas de Boris Johnson

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Lo bueno de tener que vérselas con un líder temperamental y populista es que a diario da grandes titulares de prensa, es fuente inagotable de chascarrillos y siempre sorprende, con él no hay margen para el aburrimiento. Lo malo de tener que vérselas con un líder temperamental y populista es que se vive en permanente incertidumbre. Porque improvisa, se mueve a golpe de impulso y con tanto contradecirse pierde toda credibilidad.

A Boris Johnson le resulta imposible disimular su pataleta por la decisión del Parlamento británico de que la tramitación del Brexit se haga de forma pausada. Racional. Le hormiguea el cuerpo, se le subleva el flequillo y hasta se le agudiza la voz de puro nervio incontrolable. Quiere irse de Europa el 31 de octubre. Quiere, quiere y quiere. Pero no va a poder. Y le reconcome. La cuestión no es, llegados a este punto, que tenga interés en cumplir el calendario pactado con la UE, es que ansía un triunfo completo. Hacer una demostración de fuerza; él contra todos. Y le viene mal que desde Westminster pretendan hacer las cosas bien. 

Su planificación estaba clara: una semana para que Comunes y Lores despacharan una ley trascendental que marca el futuro del país. Tres días, unos; un par, los otros; alguno más para terminar el papeleo y listo. Sin pararse a pensarlo mucho, no sea que alguien descubra que lo mejor es dar marcha atrás. Y ahora le vienen con que quieren un análisis profundo y prolongado.

Así que no se resigna. Y propone dar más margen a los diputados para estudiar la ley a cambio de que acepten un adelanto electoral al 12 de diciembre. En la práctica significa que el Parlamento tendría hasta el 6 de noviembre para ratificar el Brexit antes de disolverse. Si no lo hace, ya lo hará su futuro Gobierno. Porque otra característica de los líderes populistas y temperamentales es que siempre se creen ganadores.

Las prisas de Boris Johnson